6 de diciembre 2001 - 00:00

Desopilante viaje al país monstruo

Randall, Sully y Mike
Randall, Sully y Mike
«Monsters Inc.» (id., EE.UU., 2001; versiones en inglés y doblada al esp.). Dir.: P. Docter, B. Silverman. G.: J. Culton, D. Gerson. Voces (en la versión subtitulada): J. Goodman, B. Crystal, J. Coburn, J. Tilly y otros.

H ay que ser muy monstruo para no gozar con esta película tan divertida e ingeniosa, la mejor que produjo hasta el momento el estudio Pixar (aun con esas joyas en su breve historial como fueron las dos partes de «Toy Story» y «Bichos»).

En «Monsterlópolis», la ciudad de los monstruos, existen las bajezas, las deslealtades y las trapisondas, pero lo que no hay es sadismo. Si los monstruos de la enorme fábrica Monsters Inc. asustan, por las noches, a los chicos del mundo humano (con el que se comunican mediante puertitas casi surrealistas), lo hacen por una causa noble que no dudaría en suscribir Greenpeace: los gritos de miedo liberan energía, esa energía es capturada en recipientes, y gracias a ella Monsterlópolis funciona. Un mundo ecológico, feliz, no contaminado: un mundo de monstruos.

Pero, si ya hace más de un siglo que el fantasma de Canterville se quejaba por la falta de credulidad y el pragmatismo de las nuevas generaciones, sobre todo si provenían de Norteamérica, para los monstruos de hoy la indolencia infantil es mucho más grave, y les representa una amenaza fatal a sus recursos energéticos. El monstruo que no sepa asustar bien será un monstruo sin trabajo.

Los nuevos héroes, expertos en producir sobresaltos, fueron diseñados por la inagotable creatividad Pixar con un trabajo de animación digital más minucioso y realista, lo que se advierte especialmente en el movimiento del pelaje y la expresión facial; son ellos el oso-gorila James P. Sullivan, líder en rugidos pero incurable sentimental, y su escudero Mike Wazowski, un divertido globo ocular parlante.

Enfrente está el villano, el viscoso Randall Boggs, competidor habituado al juego sucio; el presidente de la compañía, el pulpiforme Waternoose; la pizpireta Celia, enamorada del ojo Wazowski; la jefa de personal Flint, y la pequeña humana Boo, única humana que atraviesa el espejo y aterroriza, a su vez, a los susceptibles monstruos.

Sobre esta base, el libro de
Jill Culton y Dan Gerson construye una historia abundante en hallazgos, paródica, chispeante, con numerosas referencias a la cultura mediática, a la vida cotidiana, e incursiona en un humor que hasta hace recordar a veces el de Woody Allen (hay una escena desopilante que lleva como protagonista al atribulado Mike Wazowski). Visualmente, la película tiene un espectacular tour de force sobre el final, a través de una trepidante carrera espacial entre miles de puertas, cuya arquitectura evoca a Escher y los parques de diversiones. Todo sin olvidar (americanos sentimentales, al fin) el espacio para la furtiva lágrima.

A los más cinéfilos,
«Monsters Inc.» les reserva varios guiños: el más evidente es el diseño integral y el funcionamiento de la ciudad de los monstruos, que refiere al clásico del cine mudo «Metrópolis» de Fritz Lang, y, entre otras tantas citas, por allí también aparece un restaurante llamado Harryhausen's, homenaje al maestro de la animación de los años 60 Ray Harryhausen, que en películas como «Un millón de años antes de Cristo», «El valle de Gwangi» o «Jason y los argonautas» pobló la pantalla de esqueletos guerreros, dinosaurios y titanes, con el mismo espíritu feliz que anima hoy a los creadores de Pixar.

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