6 de febrero 2002 - 00:00
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Aníbal Di Salvo (centro) en plena labor
Periodista: ¿Qué lo llevó a filmar esta obra?
P.: ¿Por qué lo define de ese modo?
P.: Que usted conoció de cerca.
P.: ¿Cómo entró usted al cine?
A.D.S.: El 5 de mayo de 1941. Tenía 17 años, vivía en Bella Vista, a una cuadra de los Estudios San Miguel. Entré, y lo primero que me dijeron fue «agarrá esa carretilla». Fui peón, ayudante de utilero, ayudante de cámara, fotógrafo de filmación (ahí mismo aprendí a revelar), después hacía el servicio militar hasta la una, y volvía al Estudio, y así seguí el escalafón, pasando luego por Guaranteed (donde hoy está Telefé) y otros estudios. En total ya llevo unos 150 largos, 20 cortos, mil publicitarios, varios clips, y algo de teatro y televisión.
P.: Y mucha historia.
A.D.S.: Tuve la suerte de trabajar con Demare, Soffici, Chenal, Zavalía, Saslavsky, Hugo del Carril, Leonardo Favio, Torre Nilsson, Arne Mattson, Dino Risi, García Berlanga, y otros tantos, eso es todo.
P.: Con Torre Nilsson hizo 14 películas.
A.D.S.: Catorce películas, un par de episodios para una serie de TV, y los comerciales con Mel Ferrer para Benson & Hedges. Fueron veinte años con él como camarógrafo y director de fotografía.
P.: ¿Por qué hacían tantos contrapicados? (tomas desde abajo).
A.D.S.: Nunca le pregunté, por miedo a que me contestara mal, «porque se me da la gana», o algo así. Simplemente me decía «poné la cámara acá, torcida». Le gustaban esos contrapicados raros, el gran angular...
P.: Con él usted impuso la cámara en mano en Argentina.
A.D.S.: Si los muchachos del noticiero lo hacían, cómo no iba a animarme.
P.: Pero sus tomas eran más complicadas que las de cualquier noticiero. Bajaba escaleras, por ejemplo. Y el final de «El dependiente», donde la cámara sale del
sótano, cruza, sale a la calle, y recorre tres cuadras, ¿cómo lo hizo?
A.D.S.: En todo el mundo se lo preguntaron, y todavía me lo preguntan. ¿Cómo salí del sótano? Y no teníamos grúa... Yo estaba en una silla. Cuatro tipos me levantaron, cuatro pingazos, cada uno de una pata. Cómo se esmeraban, para levantarme parejito. Ya en planta baja, fui caminando para atrás, y me senté en la parte posterior de un Citroen. Lo sostenían, para que no me hamacara al sentarme, y lo empujaron esas tres cuadras, para que la cámara no percibiera el cimbronazo al ponerse en marcha el motor. Yo mismo dije «Corten». Y ahí estaba Leonardo Favio, abrazándome.
P.: ¿Cuántas tomas hicieron?
A.D.S.: Una sola. «No hagamos más nada»,
dije. «Mañana veremos el resultado». Es una habilidad especial. Uno no se la propone. Ya cuando «La guerra gaucha», en 1942, me buscaron para empujar el carrito en las tomas difíciles.
P.: Un visionario, el que le mandó agarrar la carretilla.
A.D.S.: Igual, siempre tuve críticas, porque tanto en cine como en la docencia voy a lo práctico. Lo mismo como director: jamás ensayo una toma. Eso sí, siempre quiero tener actores. Yo no los dirijo. Ellos saben lo suyo. Lo único que les pido es que sean, de verdad, sus personajes. Que el espectador les crea.
P.: ¿Cómo eligió los de su última película?
A.D.S.: Me los propuso mi director de producción, Javier Lozano. Me causa mucha gracia Marcelo Mazzarello, me parece muy bueno. Y además Enrique Pinti se portó como un señor. Le hicimos llegar el guión un domingo, y el martes, sorpresa, nos avisó que lo quería hacer. «Mirá que no hay un mango», le advertimos. Y nos contestó «Lo hago igual. Me encanta Viale». Gran tipo. Hay que ver cómo maneja las transiciones, de neurótico a zalamero, y cómo se mueve. Para mí, Enrique Pinti va camino a ser lo que en otros tiempos era Luis Arata.
P.: Habría que explicar quién era Luis Arata.
A.D.S.: Ando con ganas de escribir algo, nada técnico, solo un libro de anécdotas.
P.: ¿Por ejemplo, la del famoso cachetazo de Libertad Lamarque a Eva Perón, durante el rodaje de «La cabalgata del circo»?
A.D.S.: Esa es una mentira más grande que una casa. Yo estuve ahí. Le cuento. Nos citaban a las nueve, para empezar a las diez. Debíamos filmar -todo en estudios-el interior de un ferrocarril, con Hugo, Libertad, y Evita. Se hizo tarde, el maquillador avisa «Eva no llegó». El director, Mario Soffici, preocupado, «Llámenla por teléfono». Pasó el tiempo. A esa altura Libertad estaba inquieta, pero no cabrera. Yo aproveché para ir al restaurante, situado justo frente a la oficina del dueño de los estudios, don Miguel Machinandiarena, y ahí la veo, hablando con el dueño. Vuelvo y le aviso al ayudante de dirección, Leo Fleider...
P.: Luego director habitual de Sandro.
A.D.S.: Entonces la fueron a buscar. La otra se cambió, se maquilló, habrá tardado una media hora más. «Muchachos, discúlpenme, estuve hablando con don Miguel, para ver cómo solucionamos el problema de la película virgen». Era justo la época en que Norteamérica nos retaceaba materiales, como una forma de presión por aquello del fascismo criollo. Libertad estaba...jeta pura. Pero eran dos profesionales. Filmamos todo el día, recuerdo. Al otro día siguió todo normalmente. ¿Se da cuenta? A lo mejor alguien dijo «¡la Liber tendría unas ganas de darle un cachetazo!», y así empezó la versión, quién sabe.
P.: Ganas no le faltarían.
A.D.S.: Para mí todos eran compañeros de trabajo, y Eva era una compañera más, como cualquier chica que trabaja hoy. Qué cosa. Hoy vivo en Parque Chacabuco, sobre Avenida Eva Perón, frente a la placita Hugo del Carril. Nunca pensé que los iba a seguir teniendo de ese modo.


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