24 de octubre 2002 - 00:00

Difícil es desafiar las leyes de Hollywood

Escena del film
Escena del film
«La vida continúa» («Moonlight Mile», EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: B. Silberling. Int.: D. Hoffman, S. Sarandon, J. Gyllenhaal, H. Hunter y otros.

"La vida continúa" se inicia con las imágenes de una larga hilera de coches fúnebres a punto de partir hacia un funeral. En el primer auto se ubica un matrimonio maduro, que va a enterrar a su hija, junto al hombre joven que era su novio y que se casaría pocos días después con ella. El chofer, al poner en marcha el motor, activa involuntariamente la radio y brota un rock estridente. Cuando le ocurre por segunda vez se dibujan algunas sonrisas suaves, nerviosas, en los pasajeros.

El anuncio es inconfundible: ese extemporáneo sonido de rock, en términos de Hollywood, anticipa que la película se ocupará de manera no trágica de temas trágicos como la muerte joven, el dolor de los padres y el fin de un proyecto matrimonial antes de iniciarse. De modo que nada de pañuelos. Si se tratara de una Misa, el movimiento elegido no sería la Lacrimosa sino el Confutatis.

Confundidos y aturdidos están los padres, el novio y hasta la abogada que lleva adelante el juicio contra el hombre que mató a la joven en un bar después de disparar contra su propia esposa, aunque en los tribunales la realidad se presente de un modo muy distinto. Pero, como dice el título local, la vida continúa, y la tragedia debe superarse. En la película también habrá tiempo para momentos melodramáticos, románticos, y algo de comedia. La confusión también amenaza a veces al guionista.

•Híbrido

Curiosamente, a Hollywood se le suele reprochar cierto formulismo de molde en el tratamiento de géneros clásicos. Sin embargo, cuando se propone mezclarlos, hacerlos interactuar (con el pánico consecuente de los directores de marketing), no suele producir films originales sino híbridos. «La vida continúa» es uno de ellos. La película tiene indudables momentos de interés (especialmente, en ese retrato tan tierno como despiadado que hace de ese matrimonio exhausto, y que no se separa porque la sensación corporal de «hogar» es irreemplazable), pero las acechanzas de lo cinematográficamente «correcto», desde el punto de vista industrial, terminan adueñándose de ella. Dicho de otra forma, se trata de un desafío a las fórmulas que termina abdicando, en el desenlace, ante ellas.

Lo mismo ocurre con la caracterización del joven Joe, frágil, inseguro, absorbido por sus frustrados suegros, quien al ceder a la tentación de un nuevo vínculo emotivo (la empleada de correos y barman Cheryl) siente una culpa insoportable ante la mirada ajena. Es un personaje rico, aunque las sucesivas vueltas del guión, en especial a partir de una revelación clave hacia la mitad del film, lo acercarán más a lo convencional.

La extraordinaria
Susan Sarandon, como la esposa, es la más natural de toda la película, y la que hace más creíble su papel moderadamente cínico; Dustin Hoffman, en cambio, recurre más que otras veces a todo el arsenal de tics que cosechó en el Actors Studio. Es su síntoma habitual cuando no parece sentirse muy cómodo en el papel.

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