9 de septiembre 2005 - 00:00

Dividió al público una exquisita Laurie Anderson

LaurieAndersonsorprendió conun show detono intimista yestilofuertementenarrativo quecautivó a unaparte delpúblico por suexquisitaespiritualidad ydecepcionó aquienesesperabancanciones.
Laurie Anderson sorprendió con un show de tono intimista y estilo fuertemente narrativo que cautivó a una parte del público por su exquisita espiritualidad y decepcionó a quienes esperaban canciones.
«The End of the Moon» de y por Laurie Anderson. Dis. Ilum.: J. Tipton. Dis. software adicional: J. Elff. Dis. violín eléctrico: N. Steinberger. (Teatro Presidente Alvear - funciones hasta el domingo 11.)

La apertura del V Festival Internacional de Buenos Aires no pudo ser más pacífica. No se registraron incidentes; sólo un pequeño grupo de jóvenes, integrantes de la agrupación MUR (Músicos unidos por el rock) intentaron pegar unos modestos afiches en la fachada del Teatro San Martín, pero fueron disuadidos sin demasiado esfuerzo. Mientras tanto, en el Teatro Presidente Alvear, el público accedía a la sala con absoluta calma. En la velada inaugural, no se escucharon discursos (se aguardaba la presencia de Aníbal Ibarra, pero por alguna razón desertó a último momento). Jorge Telerman (Vicejefe del Gobierno de la Ciudad) y Gustavo López, su Secretario de Cultura disfrutaron de la función como dos espectadores más.

Rodeada de velas y con la sola compañía de su violín eléctrico Laurie Anderson sorprendió al público con un show de fuerte tono intimista, en el que no hubo canciones pero sí una depurada combinatoria de anécdotas y reflexiones personales apuntaladas musicalmente (ver abajo). Para decirlo de una vez, «The End of the Moon» dividió a los espectadores en dos bandos. Unos quedaron literalmente «encantados» por la exquisita espiritualidad del espectáculo; mientras que otros no pudieron o no tuvieron ganas de conectarse con este estilo fuertemente narrativo que la artista ha ido desarrollando en sus espectáculos. Quizás su inclinación por la palabra se haya vuelto aún más extrema y esto demande un gran esfuerzo de atención a todo aquel que no domina la lengua inglesa («Yo no tengo ganas de ir al teatro a leer subtítulos durante una hora y media» se quejó una joven actriz a la salida). Si es por eso, también hay que pasarse leyendo subtítulos en las películas de Woody Allen.

Las historias que Anderson narra al público son de una ternura infinita (su peculiar manejo del relato oral recuerda al de un chamán o un maestro zen) y en principio están asociadas a la investigación que realizó en 2003 como artista residente de la NASA. Este insólito viaje por la astronáutica -lleno de curiosidades y de «secretos de estado» realmente preocupantes por su carga destructiva- se bifurca en otro viaje mucho más espiritual y filofófico en donde la autora de «Home of the brave» y «Strange angels» habla de su infancia, de su inclinación por el budismo zen, de su permanente actitud investigadora (sorprenden sus análisis sobre la conducta animal, y del contraste que establece entre el pensamiento oriental y el occidental).

Si bien se abstiene de mencionar a su pareja de años (el cantante Lou Reed) también habla de su «última» experiencia amorosa desde un lugar muy apacible. Todos estos relatos -incluso los más autobiográficos- funcionan como parábolas, trascienden la anécdota en que se basan y valorizan el humor y la ironía. Incluso cuando duelen por su agudo registro de la realidad (no falta una estremecedora alegoría sobre los atentados del 11 de septiembre) siempre combinan, con admirable economía de recursos, el viaje imaginario por lugares remotos con la travesía de una alma inquieta que se asombra ante la belleza del mundo y aprende a respetarla.

«The End of the Moon»
puede resultar una experiencia placentera siempre que el subtitulado electrónico no sea vivido como un obstáculo molesto, sino como una herramienta facilitadora.

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