«Vladimir en Buenos Aires» (Argentina, 2002, habl. en ruso y español). Dir.: D. Gachassin. G.: D. Gachassin, E. Poncet. Int.: P. Kyslychko, C. Mac Lennan, M. Rojkov, D. Dibiase, J. Goldstein.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
A comienzos de este mes de diciembre, murió en un hospital de Buenos Aires un ex asistente de Andrei Tarkovski, el ruso Aleksandr Barynin, alma de Dios que se había venido a estas tierras, con mujer e hijo, porque en la Embajada Argentina le dijeron que teníamos una sólida industria cinematográfica. Lo único que consiguió fue un vasto conocimiento de pasillos y antesalas, una cátedra de montaje bastante mal paga, y un definitivo pico de presión.
Esta película, seca y precisa, habla de gente desaprovechada como él. Para el caso, un ingeniero idealista, y un médico al que no le revalidan el título. Este último debe resignarse a trabajar de músico ambulante, o de enfermero, y que lo gasten los mediocres. El ingeniero, por su parte, fatiga oficinas públicas y privadas, ofreciendo un proyecto de viviendas accesibles que le parece lógico, pero que, por alguna razón, a nadie le interesa ver concretado. Eso sí, todos lo instan a volver la semana que viene.
Perdidos en una ciudad donde «la gente se ríe fácil», y «un beso no significa nada», dolidos por los amores que han dejado, o que los han dejado (y acaso también por el amor ocasional de una vecina, que tanto cuesta apreciar, aunque se brinde), cada uno de ellos encontrará su propia salida. Filmado en 2001, el film queda también como testimonio de un año decididamente digno de Dostoievski. En la tele, Béliz e Ibarra ponen cara de espanto ante la prostitución callejera. Los afiches dicen eso de «para que la Argentina vuelva a tener trabajo». Y, como una metáfora de nuestra voluntad de ser inútilmente dañinos, ante la mirada asombrada del extranjero los jóvenes escupen la comida de los peces.
Dato señalable, el referido proyecto quiere ayudar a los inmigrantes que, aunque ganen buena plata, por meros formalismos nunca pueden presentar las garantías que les permitan alquilar un departamento decente, o gozar de un buen crédito de vivienda, y así pasan años en hoteles de mala muerte. Dato también señalable, la película se niega a pintar ciertas figuras de un modo «políticamente correcto». Quizá por eso tardó tanto en estrenarse.
Dejá tu comentario