«Cuerpo en tensión», la obra de Pablo Guiot que estremeció a los asistentes a la vernissage del Premio Rioplatense de Artes Visuales, realizada a pocos días de la tragedia en la discoteca de Once.
La semana pasada en el Palais de Glace, durante el vernissage del Premio Rioplatense de Artes Visuales, en medio de la marea de trabajos que exhibe el salón, resultaba difícil ubicar la pequeña obra del tucumano Pablo Guiot, su autorretrato pintado sobre un petardo. Oscilando entre el humor y el drama, «Cuerpo en tensión», así se llama la obra, apenas si se eleva unos escasos cinco centímetros sobre su pedestal. Pero con su apariencia inocente y juguetona, su contenido poderoso (pólvora) y maximalista a la vez, el pequeño petardo logró erizar la piel de los espectadores que le dedicaron su atención. En una sociedad sensibilizada, es imposible dejar de asociar la imagen con la noticia que sigue ocupando la primera plana de todos los diarios: la muerte de más de 190 jóvenes cuya edad ronda la del artista, a raíz del incendio que provocó una bengala.
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Realizada a mediados de 2004, la obra tal vez podría pasar a engrosar el álbum del arte que prenuncia el porvenir, pero lo que sin duda transmite y, de modo contundente, es el llamado espíritu de los tiempos. Publicada en estas páginas a fines de 2004, «Cuerpo en tensión», generó interés con su doble mensaje de broma explosiva y la idea latente del suicidio, con el modo burlón, patético y más que nada humilde, de transmitir la sensación de estar al borde de la autoincineración. La obra de Guiot es ajena a toda retórica y a la búsqueda de efectos con recursos espectaculares, se trata de una expresión potenciada por su desesperada ironía, que garantiza la honestidad del discurso, o sea, cuenta con claridad cómo se siente este artista en el mundo.
Hoy los criterios para juzgar desde un status superior, qué puede considerarse buen o mal arte e, incluso, qué es -o noarte, son todos discutibles. Emitir un juicio estético implica cada vez más internarse en un terreno resbaladizo, donde predominan los criterios subjetivos. Pero hay algo que nadie discute: el artista debe ser sincero, dado que el arte está irreversiblemente ligado a la verdad. Frente a una «obra de arte», cada espectador puede encontrar la belleza o el espanto, lo que no se perdona es la impostura. Así, cualquiera sea su inspiración o su tema, su técnica o intención, el arte simplemente debe desplegar el encanto de su verdad, tornarla visible a los ojos de alguien sensibilizado para percibirla. «El arte ocurre, el arte acontece, es un pequeño milagro», repetía Borges, cuando con insistencia lo interrogaban sobre la misteriosa naturaleza del arte.
Sin embargo, como hace unos años dijo Roberto Jacoby en el Malba, «el trabajo de algunos artistas ya no se diferencia de la labor social», y aclaró que el fenómeno es internacional. Hoy, entre quienes se denominan «artistas», están los que ejercen sociología, militancia política, filosofía, antropología, literatura, artesanía, religión, decoración y ciencia, pero no precisamente «arte». La cuestión es descubrir a los impostores, tarea nada fácil, sobre todo porque el arte contemporáneo se ha complejizado, y un buen artista puede de modo genuino recurrir a estas disciplinas en aras de una mayor y mejor expresión.
En este punto, vale la pena recordar a Malevich, porque a pesar de creer «que los problemas del arte y los del estómago y el sentido común están muy alejados unos de otros», el vanguardista ruso sostenía que «las cosas que no son bellas, tratadas artísticamente se vuelven bellas». El gran problema reside entonces en cómo se usan las cosas ( cualquier cosa, el petardo es un buen ejemplo), siempre y cuando se las trate «artísticamente» para que se transformen en «arte» de verdad. ¿Y quién no ha sentido alguna vez en su vida esa sensación punzante que provoca el arte? No hay campañas de prensa, ni valores alucinados del mercado, ni estrategias que responden a las leyes del espectáculo que engendren esa emoción.
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