El arte se inmola para reflejar la decadencia

Espectáculos

En otros tiempos, Antonin Artaud señalaba en sus «Mensajes revolucionarios» que «el arte tiene un deber social que es el de dar salida a las angustias de la época», y que el artista «es un chivo expiatorio cuyo deber consiste en atraer, echar sobre sus hombros las cóleras errantes». La actitud de los artistas ha cambiado, es mucho menos dramática. Pero el escultor Enio Iommi, nacido en Rosario en 1926, asume con cierto sarcasmo el sentimiento generalizado de la sociedad frente al desmoronamiento del optimismo argentino, cuando ya resulta imposible negar la realidad que está en la calle, literalmente, frente a sus ojos.

La nueva imagen de Buenos Aires es lo que Iommi exhibe desde la semana pasada en la galería Ruth Benzacar. La muestra está dedicada al tango «Cambalache» de Enrique Santos Discépolo y a recuperar la memoria del barrio La Recoleta, donde el artista tenía su estudio. En el texto del catálogo describe el ritmo silencioso de la zona y la elegancia de entonces, mientras en su obra muestra sin pudor alguno la actual degradación.

La sala está partida al medio por una pared reducida a escombros que el espectador debe sortear, 11 esculturas dominan estos espacios, y a simple vista semejan un colorido basural, podrían confundirse con desperdicios. Sin embargo, las formas mantienen la armonía y las líneas aerodinámicas características de los trabajos abstractos realizados en mármol y metal que consolidaron la fama del artista.

Es decir,
Iommi decidió levantar sus bellos volúmenes con un caótico mix de perros, monos, botellas, baldes, juguetes, cacerolas y vidrios rotos, un ensamblaje de materiales sintéticos y desechables de colores chillones que polucionan la nobleza de la forma, los mismos elementos que invaden el paisaje porteño. En su afán expresivo y sin compasión alguna por la propia obra, atenta contra su nobleza, rebaja su status y la somete sin piedad a una violenta transformación.

Deja así en evidencia la brutal degradación de un barrio, que es la misma de la ciudad toda, perdiendo vertiginosamente su aura invadida por el kitsch.

•Belleza

En el texto, Iommi destaca la belleza de las construcciones coloniales, el cementerio, la iglesia y el Centro Cultural Recoleta, el Museo de Bellas Artes y la grandeza de la figura ecuestre de Alvear realizada por Bourdelle, quien consideró el monumento como una de sus mejores obras. Al esplendor del pasado contrapone la decadencia, la entronización del mal gusto, representada por El Village y «una flor gigante, fría como el acero, ubicada frente a la estatua funeraria de Evita y coronada en un plano más elevado por el Papa bendiciendo no sé a quién...»

La muestra tiene un efecto de choque, provoca desagrado, pero también una sensación de nostalgia por lo que desaparece: ese refinado eclecticismo arquitectónico y ornamental que distinguía a la cosmopolita Buenos Aires y la diferenciaba hasta hoy del resto de las metrópolis de Latinoamérica.

Una de las esculturas parece resurgir del pasado, representa una nena con un vestido bordado y su monopatín, pero uno de sus brazos está mutilado y vuelto a pegar de cualquier manera, la regadera que lleva en su hombro está rota y las ruedas, destrozadas.

Integrante en la década del '40 del movimiento Arte Concreto Invención,
Iommi se resiste a redundar en la fórmula de impecable estilo que lo consagró, repetida hasta el fin de sus días casi sin variaciones por los otros miembros del grupo. En 1977 comenzó a utilizar materiales descartables, luego, adoquines y en 1999 presentó cacerolas y utensilios domésticos, en una exposición cuyo título lo dice todo: «Mis utopías versus la realidad».

Con una trayectoria brillante,
Iommi no deja de gastarles una ironía a los artistas jóvenes, a los desencantados, a quienes se dedican a disfrutar exclusivamente de su mundo privado y se consuelan con la cursilería del plástico. Se trata de la lección de un gran maestro y queda abierta a la interpretación.

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