14 de septiembre 2006 - 00:00

"El camino de San Diego"

Carlos Sorín vuelve a mostrar su buena mano para dirigir a «no-actores» y construir una historia sencilla y emotiva, esta vez sobre un admirador de Diego Maradona (pero no sobre Maradona).
Carlos Sorín vuelve a mostrar su buena mano para dirigir a «no-actores» y construir una historia sencilla y emotiva, esta vez sobre un admirador de Diego Maradona (pero no sobre Maradona).
«El camino de San Diego» (Argentina-España, 2006, habl. en español y guaraní). Guión y dir.: C. Sorin. Int.: I. Benítez, C.W. La Bella, J. Villegas, A. Maldonado, P. Condito, S. Fontelles, W. Donadio, M. Alvez.

¿Cómo hace Carlos Sorín? A poco de empezar su relato, ya el público está sonriente, admirado, y enternecido, y así va a seguir hasta después que se termine. Salvo excepciones, claro. Siempre hay quien desdeñe las fábulas, o niegue la existencia de tanta gente amable, cordial, como la que aquí aparece, o incluso quien ya esté harto de Maradona y de los hinchas de Maradona. Corresponde tranquilizarlo: esta película no es sobre ellos, al menos en el sentido con que habitualmente aparecen en los medios.

Esta película, sencilla, sin estridencias, siempre amable, es sobre la gratitud, la buena memoria, el buen humor, la gente simple que actúa de buena fe, las creencias populares, la ilusión que ayuda a vivir, la mano abierta que se brinda en el camino, la unidad de un pueblo en torno al cariño por quienes le dieron alegría. En este caso, el protagonista es un muchacho inocente (no confundir inocencia con ingenuidad) que, al saber de la internación de su ídolo, decide viajar, como sea, desde su pueblo misionero, para verlo y regalarle una talla de madera timbó.

Eso es todo. Eso, y el viaje desde Pozo Azul a General Domínguez, los personajes de lo más variados con que se cruza, pintados con trazo justo y afectuoso, las historias sutilmente sugeridas, el reencuentro con viejos y queridos conocidos de «Historias mínimas» y «El perro», el descubrimiento de otros, de quienes ya nos sentimos amigos (a señalar, el precioso don de transmisión del joven Ignacio Benítez), la naturalidad de todos, la naturaleza de esta tierra y de sus habitantes, las reflexiones íntimas que va despertando cada cosa que pasa, y, por supuesto, la música de Nicolás Sorín, el gran oficio de Hugo Colace para transmitir los colores de cada región, la mano de Carlos Sorin para trabajar al descampado con «no-actores», para ir armando, a lo largo del rodaje, un cuento a corazón abierto, para que hasta los de River lloren de emoción.

En suma: un deleite, propio de un verdaderoartista. Y cómo lo hace, la verdad, aún después de ver y analizar su trabajo, todavía no lo sabemos. Vale decir, por más que lo estudie en el pizarrón, es muy difícil que a otro le salga.

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