El cine según Billy Wilder

Espectáculos

La última vez que se dejó ver en público (amigos, algunos vecinos y unos pocos admiradores privilegiados) acababa de cumplir 95 años. Fue en junio del año pasado, en un cine sobre Sunset Boulevard, lógicamente. Se proyectaba una versión restaurada, flamante, de «El ocaso de una vida». Cuando Gloria Swanson bajaba las escaleras y le pedía un primer plano a Cecil B. De Mille, sus ojos le brillaron. A él, que rara vez dejaba evidenciar sus sentimientos, que siempre encontraba alguna salida irónica ante la menor amenaza de una emoción.

En la madrugada del jueves, recién iniciada la Semana Santa, el viejo Hollywood se terminó de morir con él. La afirmación no es exagerada: Billy Wilder (1906-2002), maestro de un cine que ya no se ve más, decía tener diez mandamientos: «Los nueve primeros son no aburrir, el décimo reservarme el corte final de mis películas». Los primeros nueve los aplicó siempre, el último cuando se lo permitieron, y si no, se las arregló para salirse con la suya mientras les hacía creer a los estudios que respetaba sus criterios.

Wilder
, vienés como todo gran hollywoodense, fue un exquisito coleccionista de arte pero con su cine no buscó el regocijo de sus pares sino el de las grandes masas. Lo hizo con gracia, sabiduría y ángel, y creó obras maestras. No hubo género por el que no transitara, y a casi todos les dio su toque único. Desde luego, siempre del lado del público. El más cruel de los sarcasmos se lo dedicó a los cineastas europeos de arte y ensayo, a los que siempre consideró incurablemente aburridos: «Para mi próxima película voy a tratar de filmar unas cuantas escenas fuera de foco. A ver si me gano el Oscar al Mejor Film Extranjero».

Pocos directores pueden ostentar, como él, no sólo la creación de tantos clásicos sino también de imágenes que se han convertido definitivamente en símbolos del cine mundial: las polleras de Marilyn agitadas por el viento de las rendijas del subterráneo («La comezón del séptimo año»), Jack Lemmon bailando «La cumparsita» con una rosa entre los labios («Una Eva y dos Adanes»), el letrado Charles Laughton descendiendo, con su silla portátil, por el pasamanos de la escalera («Testigo de cargo»).

Magnificó a las estrellas que trabajaron con él (
«Marilyn es una de las personas más horribles que conocí en la vida, pero la más sublime en la pantalla») y hundió en la ignominia a los poco talentosos. Una vez, echó de una audición a un cantante con esta frase: «Mejor vaya a probar otro oficio. Usted, para la música, tiene el oído de Van Gogh». Consagró al dúo Jack Lemmon-Walter Matthau, glorificó a Shirley McLaine e hizo de William Holden uno de los intérpretes más creíbles de su tiempo. Dirigió, además de las nombradas, «Sabrina», «Irma la dulce», «Piso de soltero», «Primera plana», «Infierno 17», «Pacto de sangre» y «Fedora». Definitivamente, el Hollywood clásico ha terminado de morir con él.

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