«Chúmbale» (Argentina, 2001, habl. en esp.). Dir.: A. Di Salvo. Guión: A. Di Salvo, E. Blanco. Int.: M. Mazzarello, E. Pinti, P. Rachid, M. R. Fugazot, A. Cotugno, E. Lozano, A. Polverini, E. Bo.
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R eanima el veterano Aníbal Di Salvo una línea siempre apetecida (y escarnecida) del viejo cine criollo, esa de la comedia costumbrista, que con toques tragicómicos expone nuestros dramas y defectos más comunes. Su película, corta en algunas cosas, resulta bien actual en otras. Sencilla y menor, confía en sus artistas, y en el «cariño» que cada espectador tenga de sus respectivos parientes y vecinos.
La base es una obra que Oscar Viale, autor y coprotagonista en el personaje de suegro, y Beto Brandoni, como yerno cafetero, estrenaron en 1971. Realismo teñido de absurdo, abundante en caricaturas y guiños, hasta culminar en un mensaje de rebeldía (era la época de los mensajes) que, muy argentinamente, se desinfla (era el resabio de una constante de los '60, la frustración), la obra, un grotesco, mantiene dolorosa vigencia.
Todos chumban en ella, todos se amenazan, se denuncian, se instigan, cada uno a su manera, incluso un personaje nuevo, el nono que se va a la cama «a esperar el infarto», y son todos inocuos, y hasta inofensivos, salvo los escurridizos del poder.
Actualización
La actualización permite presentarlos: un puntero, un comisario, un cancherito de comité, reemplazando al pibe que, en el original, estaba haciendo la colimba en la comisaría. Ellos no chumban, más bien reptan, con hipócrita inocencia. Pero son prácticos.
Entre medio, sigue la joven esposa. Según Viale, ella «se activa eróticamente» sobre el marido, solo para evitar la injerencia de la hermana que piensa. «Esa es la medida de su poder sobre él». La caracterización de Paulina Rachid, en cambio, nos presenta una inocente enamorada, recién casada. Con justa causa, la mitad del público se pondrá de su parte.
La película cumple debidamente. Pero quizá le hubiera convenido insistir en un tono más suelto, incluso algo paródico, como el que juegan María Rosa Fugazot en tono sainetero, o el mismo Pinti cuando inesperadamente le saca la lengua a su propia hija en la ficción, o la música que acompaña con ironía un discurso del padre, o un momento muy inspirado de montaje, cuando dos mujeres discuten sin que se entienda palabra, con el exasperante fondo de los ladridos del perro. Entre los títulos finales, hay bloopers que también son opciones, como el de Fugazot tirándole unos manotazos a la hija, en respaldo del padre cuestionado. Igual vale. Y viva Viale.
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