"EL EMPLEO DEL TIEMPO"

Espectáculos

«El empleo del tiempo» («L'emploi du temps», Francia, 2001, habl. en francés). Dir.: L. Cantet. Int.: : A. Recoing, K. Viard, J.-P. Mangeot, M. Mangeot y otros.

L o más atractivo del cine del francés Laurent Cantet, y en «El empleo del tiempo» está aun más claro que en su film anterior, «Recursos humanos», es que detrás de la superficie de «cine de denuncia social, contra el mundo globalizado» con el que se lo suele asociar con pasmosa obviedad (sobre todo en ciertos festivales de cine), el tema dominante es el enfrentamiento con el padre, o con la ley en general que representa ese padre, aunque esto parezca una subtrama.

En «Recursos humanos», el hijo debía despedir al padre de la fábrica, en «El empleo del tiempo» lo estafa: en dinero y sobre todo en la idea que tenía el padre de él como proyecto.

En el primer caso es un obrero, en el segundo un partidario de la libre empresa, pero el conflicto es casi idéntico; sólo cambian las posiciones y las circunstancias.

El hábitat de Vincent, protagonista de
«El empleo...», es el fuera de la ley, no la empresa que prolonga la idea del padre. Si no fuera así, un desenlace «moral», que recupera la figura del hijo pródigo, debería sonar optimista en lugar de claudicatorio.

Vincent es un cuarentón que emplea su tiempo en la construcción de una mentira. Acaba de ser despedido de su trabajo y no soporta decirle la verdad a su padre, ni a su esposa, ni a sus tres hijos. Desde entonces, finge haber sido contratado por una fundación internacional de asistencia al Tercer Mundo, a la que descubre tras inmiscuirse una mañana en sus oficinas.
Poco a poco, la simulación se transforma en delito: para sustentarse, Vincent requiere dinero de incautos «inversores» con la promesa vaga de reintegrárselo, con intereses, tras su depósito en esa fundación con contactos con un banco que sólo existe en su imaginación. El mayor estafado es su padre, que le entrega 200.000 francos. A medida que le resulta más difícil mantener esa mentira, la relación con su familia también se torna cada vez más insostenible.

«El empleo del tiempo»
es el drama sobre un estafador culposo, no sobre el clásico desesperado que perdió el trabajo y que no logra, por edad, reinsertarse en el circuito laboral. Su «empleo del tiempo», además de ficticia libertad, es el imposible proyecto de venganza contra el padre.

Tampoco tiene que ver con la dignidad herida, a la manera de
Emil Jannings en el clásico de Murnau «La última carcajada», donde el pobre portero de uniforme era degradado a cuidador de toilette. Porque a Vincent no le faltan oportunidades. Otro personaje, un ex compañero suyo, se lo recrimina con claridad: «¿Qué te ocurre? Sé que varias empresas, con tu curriculum, están dispuestas a contratarte de inmediato».

Lo que no entiende ese personaje es que el objetivo de Vincent no es mantener el trabajo sino la ficción a la que se entrega con autodestructiva violencia. Su futura relación con un mercader de productos falsos de marcas famosas, otro estafador pero sin culpas, no hace más que subrayar el abismo en lo espurio en el que ha decidido vivir. El espectador ignora por qué Vincent fue despedido: lo único claro es que la herida ha sido tan profunda que ninguna empresa sustituta puede reparlo tanto como la fuga a su propia construcción imaginaria, hasta que la posibilidad de reinsertarse no llega como una bendición sino como un castigo.

Los actores son estupendos y hay buenas líneas de diálogo. Pero la duración, de casi dos horas diez, puede ser algo excesiva.

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