Moore llevó a Florida y Ohio 1300 cámaras para registrar «triquiñuelas sucias», pero no pudo filmar nada en esos sufragios normales y transparentes.
Nunca estuvo tan callado. En las últimas 48 horas, el hablador Michael Moore no abrió la boca. Su único indicio de actividad, silenciosa y como en duelo, fue la modificación de la página de apertura de su sitio en Internet (www.michaelmoore.com), en donde estampó un retrato del reelecto presidente George W. Bush, compuesto por pequeñas imágenes de los rostros de soldados norteamericanos caídos en Irak, esa guerra que los ciudadanos norteamericanos apoyaron mayoritariamente con sus votos. Moore advirtió el martes que la materia de su película «Fahrenheit 9/11», premiada en el mundo y hasta ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes, no difería demasiado de la que compone al resto del cine de Hollywood, los sueños. Amarga lección para el cineasta pero no por eso poco conocida: sólo en los años '60 se llegó a creer que una película podía cambiar el mundo (lo que demuestra la torpeza de las censuras la historia, cuando intentan impedir que se vea algunas películas por temor a que éstas puedan modificar la historia).
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En contraste con su silencio de estas horas, Moore se había mostrado activo hasta último momento el día de las elecciones. Desplegó un total de 1300 cámaras en lugares estratégicos de Florida y Ohio, dispuesto a filmar, como declaró, «hasta la última triquiñuela sucia que impida a la gente llegar a los lugares de sufragio, en especial los afroamericanos». Alrededor de las 3 de la tarde, convencido de que en Florida todo se desenvolvía normalmente, se marchó a Ohio. Allí tampoco logró nada. La victoria de Bush, tan limpia como contundente, lo dejó sin armas.
Con ella, también se desplomó su argumento de siempre, el que esgrimió en su discurso el día en que recibió el Oscar por «Bowling For Columbine», es decir, la ilegitimidad del mandato de su enemigo en la Casa Blanca. Su más reciente libro, «¿Quéhan hecho con mi país?», está exclusivamente basado en la tesis de que el americano medio rechaza a Bush, un dato que no sólo él, sino la mayor parte de Hollywood, compartía hasta el martes.
En efecto, entre los artistas se contaban con los dedos quienes sostenían públicamente a Bush, entre ellos -como es obvio- el gobernador Arnold Schwarzenegger, el astro en decadencia Bruce Willis y la cantante pop Britney Spears (cuyo apoyo a Bush, en realidad, era recibido con alborozo por los Demócratas, casi como propaganda a su favor). Leonardo di Caprio, Ben Affleck, Uma Thurman, Sharon Stone y Bruce Springsteen fueron, en cambio, algunos pocos nombres entre las decenas de estrellas del cine y la música que se movilizaron durante la contienda electoral a favor de John Kerry, y en esta ocasión no sólo declarativamente sino que salieron de sus casas para hacer campaña, más allá del conocido «Hollywood activista» (como se conoce a los radicalizados actores Susan Sarandon, Tim Robbins, Barbra Streisand o Martin Sheen).
El día previo a las elecciones, Sean Penn (el actor que también visitó oficialmente Irak pocos días antes de su invasión) encabezó un grupo de artistas que se dirigieron a distintos puntos del estado de Nevada, donde intentaron convencer a los electores, puerta a puerta, de que debían votar por Kerry. El músico Stevie Wonder, inclusive, acompañó a Kerry a Detroit la víspera de los comicios y hasta interpretó «America the beautiful» con su armónica. Leonardo DiCaprio viajó a Florida para pedir a los jóvenes que votaran por el candidato demócrata. Sharon Stone volvió a su natal Pennsylvania para hacer campaña.
A fines de setiembre, Bruce Springsteen, junto con otros músicos como los REM, las Dixie Chicks y James Taylor, iniciaron una serie de conciertos como parte de la gira «Vote for a Change» («Voto por el cambio») que los llevaron a nueve estados cruciales, entre ellos Pennsylvania, Ohio, Michigan, Iowa, Missouri, Arizona y Florida.
En ese mismo sentido, la campaña televisiva «Rock the vote» reunió, entre otros, a figuras representantes de grupos étnicos, como el actor afroamericano Samuel L. Jackson («Pulp Fiction») y el hispano Benicio del Toro («Traffic»). Sin embargo, la única frase válida por estos días la pronunció, poco antes de los comicios, Sherry Bebitch Jeffe, analista de la Universidad de California: «los electores nunca basan sus votos en lo que piensan las estrellas».
El analista, inclusive, fue un poco más allá, y observó lo siguiente: «Mucho se habló de que 'Fahrenheit 9/11' fue el de mayor éxito en la historia del documental. Pero, ¿significa eso que todos quienes la vieron iban a votar a Kerry? ¿O los opositores a Moore no ven la película? Además, no había más que comparar las colas que se formaban ante esa película con las infinitamente más grandes que luego logró Mel Gibson en 'La Pasión de Cristo', el film que verdaderamente llegó al corazón de los americanos y que tan en sintonía está con el mensaje de Bush».
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