1 de julio 2004 - 00:00

"El hombre araña 2"

Tobey Maguire como el Hombre araña, un superhéroe al que le hacen falta unas buenas sesiones de psicoterapia.
Tobey Maguire como el Hombre araña, un superhéroe al que le hacen falta unas buenas sesiones de psicoterapia.
«El hombre araña 2» («Spiderman 2», EE.UU., 2004; habl. en inglés). Dir.: S. Raimi. Int.: T. Maguire, K. Dunst, A. Molina, J. Franco, R. Harris, J. K. Simmons y otros.

No importa la edad que uno tenga para ver, por ejemplo, «Shrek 2», una película cuyo ingenio, humor e inventiva la hacen abierta a todos los públicos. El adulto puede ir acompañando a los chicos y, tal vez, hasta se divierta más que ellos. Es una caricia a la inteligencia y al placer. No es eso lo que ocurre con la previsible «El hombre araña 2», una superproducción que, si no se es adolescente o fan del «comic», puede llegar a resultar abrumadora y ardua de ver hasta el desenlace (que, además, promete nuevas secuelas).

Desde el inicio de la serie hace dos años, mucho se ha insistido en la «absoluta fidelidad» de esta adaptación al espíritu de la historieta original de la Marvel Comics. Si bien, en esta cultura posmoderna que vivimos, afirmar hoy eso es casi equivalente a decir que se ha sido absolutamente fiel a Shakespeare, convendría, aunque sea a veces, no perder de vista ciertas jerarquías artísticas. Por feo que suene, no siempre la fidelidad es sinónimo de virtud.

Legiones de adolescentes inseguros encontraron en el desgarbado Peter Parker (Tobey Maguire), lleno de complejos y acné pero capaz de convertirse en superhéroe, una referencia tranquilizadora. Un paladín de la justicia humano, demasiado humano, no mediatizado por la distancia colosal del habitual Olimpo en el que suelen habitar estos personajes. Parker, a su manera, es la Cenicienta de los años del comic, el amigo invisible de ese estudiante secundario al que «gastan» todos.

Esta continuación de sus aventuras en el cine pone, quizá más que la primera parte, el acento sobre ese aspecto: el antihéroe asustado, enamoradizo y tímido, imposibilitado de besar o declarársele a la chica que ama pero capaz de frenar con sus brazos un tren en marcha. Sin intermediación de una mirada irónica, con un humor que sólo aparece con cuentagotas, la secuela sigue en consecuencia à la lettre los cuadritos de la historieta. Y tanto, que en buena parte del film Parker atenta contra el principio mismo del género y decide abandonar su condición de superhéroe, arrojando sus ropas de Hombre Araña a la basura. Las escenas de acción, aunque mucho más espaciadas de lo que podría desearse, están desde luego al nivel de la sofisticación técnica del Hollywood de hoy. El villano, en este caso el diabólico pero más sensible Doctor Oktopus (Alfred Molina), en lugar del malvado puro Willem Dafoe de la primera parte, es el contrincante de Parker. Científico transformado, por culpa de sus propios experimentos, en una amenaza para la ciudad, cada aparición de las amenazadoras tenazas de «Doc Okt» (como lo llama el pintoresco editor del diario amarillista J. K. Simmons) son un bálsamo para el ritmo de la película: ayudan a cortar los extendidosmomentos románticos en los que el atribulado héroe se desencuentra con su amor imposible, o llega tarde al teatro donde ella representa a Oscar Wilde, o contempla con melancolía cómo se la va a llevar otro hombre, o quizás no. El corazón también es una telaraña.

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