23 de abril 2008 - 00:00
"El mejor teatro político no tiene grandes mensajes"
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Rafael Spregelburd se declara cansado de que «toda una generación de autores acusen a la nuestra de frívolos», sólo porque no emplean los métodos viejos de ellos.
R.S.: Es una historia simple pero endemoniada porque ni los propios personajes saben lo que les está pasando, y cuando lo descubren ya es tarde. Es una ciencia ficción muy bastarda. La obra transcurre en un hotel muy decadente de Piriápolis, en un futuro muy lejano del que no se ofrecen demasiados rasgos, salvo una persona que dice ser un robot y el hecho de que el tiempo se mide con el calendario maya debido a que el gregoriano se extinguió hace tiempo por no coincidir con el cosmos.
P.: ¿Cuál sería el argumento-central?
R.S.: Un grupo de élite tiene que crear ficciones para alimentar a las inteligencias del cosmos. Parece que somos la única especie capaz de imaginar lo que no ocurre. Si no fuera por eso ya nos hubieran destruido hace muchísimos siglos. El problema es que estas «inteligencias» ya lo han consumido todo y quieren más. La pregunta es ¿cómo producir una ficción nueva que no se haya visto nunca? Y la obra está politizada porque esta ficción que intentan construir termina pareciéndose a una telenovela venezolana en la que inclusive aparece Chávez.
P.: Usted habla de una obra «muy politizada», cuando varios críticos y teatristas lo han acusado de frívolo e intrascendente.
R.S.: Ante todo le aclaro que mi obra en Europa es considerada teatro político. Cuando en 2005 estrené «La estupidez» en Alemania, estaba la Guerra de Irak, y como la obra transcurre en Estados Unidos, y quizás también por el título, la vieron como una crítica casi racista a cierto pensamiento estandarizado de los norteamericanos. Usted sabe muy bien que la obra no es eso. Pero ¿qué hace uno frente a esto? Nada, lo observa azorado y al mismo tiempo dice: el teatro será siempre un fenómeno con cierto grado de equívoco. Y acá, en la Argentina, hay un enorme grado de equívoco.
P.: ¿Le molesta eso?
R.S.: Me cansa en realidad. Me cansa que toda una generación de autores utilice los medios para pelearse conmigo y que me acusen -o nos acusen a los de mi generación- de que nuestro teatro es frívolo, pasatista o que se yo qué, porque carece de grandes discursos o de grandes mensajes.
P.: ¿Cuál sería, entonces, su forma de hacer política?
R.S.: La mejor política que podemos ejercer quienes escribimos teatro es la construcción de una ficción pura que ponga en absurdo a la realidad y que, por lo tanto, demuestre cuán parecidos son los procedimientos de poder a los mecanismos con los que se construye una ficción, y por qué la ficción tiene esta capacidad de revelación, mientras que la razón, o la discusión en el ámbito de lo cotidiano, tienden a obturar todo tipo de pensamiento, o a reducirlo en polos totalizadores.
Entrevista de Patricia Espinosa


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