Matar al dragón. Una escena del largometraje de Jimena Monteoliva.
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Dos dimensiones se oponen en “Matar al dragón”: una es luminosa y casi victoriana, y la otra una especie de visión infernal de un mundo salido de las versiones sin censura de los antiguos cuentos de hadas. El médico que interpreta Guillermo Pfenning ha encontrado a su hermana, perdida desde muy niña y ahora tal vez portadora de un virus letal, o por lo menos eso es lo que parecen indicar unas marcas en su cuello. El médico la lleva a convivir con su esposa y sus dos hijas a un caserón donde la distancia no implica no correr ciertos peligros por convivir con la portadora del virus, y pronto las visiones de esa dimensión oscura donde estuvo todo este tiempo persiguen a la protagonista, Justina Bustos.
“Matar al dragón”, de Jimena Monteoliva, es una película interesante, pero su originalidad inicial cae ante el peso de sus propias pretensiones, especialmente porque el continuo uso de flashbacks para ilustrar las experiencias de la protagonista en la dimensión oscura detienen el ritmo narrativo y vuelven insulsas las escenas a la luz del día en la casa familiar. Con todo, hay buenas actuaciones y en ambos mundos, el oscuro y el luminoso, la estética está cuidada.
“Matar al dragón” (Arg., 2019). Dir.: J. Monteoliva. Int.: J. Bustos, G. Pfenning, L. Machín. (Cine.Ar)
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