9 de noviembre 2005 - 00:00

El saber de un brillante autor

El saber de un brillante autor
«El saber del cuatro», de Angel Faretta. (Bs.As., 2005; Ed. Sudamericana, 190 págs.)

Aunque «El saber del cuatro» sea su primera novela, Angel Faretta siempre hizo literatura. Sus brillantes crónicas cinematográficas (sería redundante acotar que el autor es el más lúcido y original téorico del cine de las tres últimas décadas en el país) fueron, a su manera, fragmentos no discontinuados de un mismo, variable, e interminable texto, una visión del mundo (o, como le gusta decir a él, una «weltanschauung») que dialoga con sus autores favoritos, Hitchcock y Plotino, Meister Eckart y Schopenhauer, Hopper y Chester Gould, Murnau, Conan Doyle (otro rapsoda del «cuatro») y Joseph Addison (apenas una selección arbitraria que no incluye sus rechazos, los que también operan, por contraposición, en su obra).

La novela con la que al agradecido lector sorprende ahora Faretta (y que aparece de manera casi simultánea con su primer libro teórico, «El concepto del cine») se compone, en rigor, de cuatro argumentos presumiblemente independientes, que protagonizan personajes que, del mismo modo, son diferentes en apariencia (no es imposible, como de hecho ocurre en algún caso, que truequen de nombre aunque no de identidad). No sólo un número, el cuatro, articula el nexo entre los relatos, sino también la razón a la que están sujetos.

Esa razón es un plan del que dependen de manera ineludible, y al que sólo pueden asomarse, o intuir en el mejor de los casos, cuando no desconocerlo. Sería quizás obvio subrayar la religiosidad de esta trama. El hombre enviado, por un viejo amigo, a una misión cuyo fin ignora (y que recuerda el largo apocalipsis de Willard en busca de Kurtz, aunque en un escenario de gángsters de arrabal), o la extranjera apuñalada por un ejecutor al que la mera revelación de su acto sumiría en el espanto son, apenas, dos ejemplos de las criaturas farettianas que transitan por sus páginas. Como en casi todo pretextopolicial, esos personajes son paranoicos, y en «El saber del cuatro» esa condición es, más claramente que en otros casos, teológica: el paranoico no se limita, burdamente, a presumir que lo persiguen, sino que sabe que existe siempre un plan, un complot previo, que no podrá trampear; en todo caso, apenas postergar.

Pero hay algo más, no menos importante, a ser destacado, y es el lenguaje. A los relatos no le hacen falta establecer, con referencias externas, su cronología específica: su lenguaje es un lujo de deliberados giros en desuso, de construcciones donde no faltan extranjerismos o expresiones de otras épocas de la Buenos Aires culta o, mejor aun, de la memoria de esa Buenos Aires: la voiturette copera, el bric à brac, los sillones Chester color guinda, los sombreros de alas requintadas, los cafetines de Paseo Colón (a la que alguien llamó Rue de Toulon), o el cine Rialto, con su olor a lavandina, sus butacas duras de madera y sus continuados con las cabalgatas de Tom Mix primero, y la voz ronca de Marlene después, o con personajes que se llaman Talbot, como el melancólico monstruo de Chaney Jr. La novela es una irrechazable invitación a hurgar en su plan, a deleitarse con su lenguaje.

Marcelo Zapata

Dejá tu comentario

Te puede interesar