4 de agosto 2005 - 00:00

"El viento"

Federico Luppi y Antonella Costa, exactos protagonistas de un film que emociona y transmitereflexiones de diversa índole de manera sencilla y sin necesidad de discursos.
Federico Luppi y Antonella Costa, exactos protagonistas de un film que emociona y transmite reflexiones de diversa índole de manera sencilla y sin necesidad de discursos.
«El viento» (Argentina-España, 2005, habl. en español). Guión y dir.: E. Mignogna. Int.: F. Luppi, A. Costa, P. Cedrón, E. Meloni, M. Briski, R. Díaz Mourelle.

A la muerte de su hija, un hombre de campo decide viajar a Buenos Aires para ver a su nieta, que ya es médica, y contarle ciertas cosas que guardaba en secreto: el nombre de su padre (ella es hija natural) y el uso de un arma. El es un viejo medio mañero, ella una joven con otras pautas de conducta. Los dos se desconfían.

Pero la vida gira. A veces, la gente repite sin saberlo los pasos de otra gente, a veces puede cambiar. Quien suponga un melodrama, se equivoca, pero igual saldrá lagrimeando. Quien sospeche otra cosa, también.

Así se plantea la nueva obra de Eduardo Mignogna. No conviene adelantar más detalles. Cabe mencionar, en cambio, una anécdota lateral. Al hospital donde trabaja la joven llega un pequeño delincuente herido. Ahora lo están cuidando, esposado a la cama. Si la herida no se infecta, podría iniciar una nueva vida. Cerca suyo están el policía de custodia, la hermanita, y, algo afligido, el propio guardia de seguridad que le disparó. Nunca sabremos lo que puede pasar. Pero entre este hecho anecdótico y la historia principal hay ciertas consonancias: errores y delitos cometidos por apresuramiento, acaso incomprensiones generacionales, cargos de conciencia, quizá también segundas oportunidades detrás de la confesión, de la punición, o del perdón. Son sólo consonancias que nos preparan para algo, pero no de un modo mecánico.

En gran parte «El viento» pareciera una de esas películas donde no pasa nada importante. La vemos, nos caen bien algunos personajes, nos interesa saber en qué termina. Pero cuando llega el momento clave -que será entre dos hombres grandes, de un modo calmo, con una luz antigua-, y va creciendo una íntima emoción en la sala, comprendemos que pasaron muchas cosas importantes, que no estaban por estar nomás, porque todo tiene un sentido, igual que en la vida.

La historia parece fácil. Y es muy rica. Incluso, sin decir nada expresamente, puede iluminar varias reflexiones de diversa índole, que atañen a distintos modos de asumir la responsabilidad, y no sólo por la familia. También la realización parece fácil. Pero hay que tener verdaderamente mano, para ofrecer algo tan sencillamente bien hecho. Mignogna, maestro. Federico Luppi, contenido, conocedor, muy bien. Y Antonella Costa, en su papel más «llegador» hasta la fecha. De lo mejor del cine nacional en lo que va del año.

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