El escritor francés Marcel Schwob ( 1867-E1905) provenía de una familia de rabinos y su relación con la literatura -ya sea como lector o como escritor-fue igual de intensa. El mismo Borges llegó a compararlo con «aquel español que por virtud de unos libros llegó a ser Don Quijote». Además de ser un erudito que al morir dejó inconcluso un estudio sobre el poeta medieval François Villon, Schwob supo imprimirle a cada uno de sus escritos (entre los que se destacan «El libro de Monelle» y «Vidas imaginarias») un toque de idealismo y de reposada espiritualidad.
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En «La cruzada de los niños», haciendo uso de un lenguaje sencillo y poético, logró pintar en muy pocos trazos la fuerte crisis espiritual imperante en la Europa del siglo XIII. Son siete relatos breves, todos ellos narrados en primera persona, que hacen referencia a un episodio ocurrido alrededor del año 1212. Cuando más de siete mil niños -»sin guía y sin jefe»- llegaron a Marsella como peregrinos, para embarcarse rumbo a Tierra Santa.
«La cruzada de los niños» es una conmove-dora fábula que busca oponer la pureza de espíritu de un grupo de inocentes al materialismo de una sociedad agobiada por la falta de fe y la ausencia de signos trascendentes. El actor Marcelo Subiotto oficia de narrador en esta puesta dirigida por Adrián Canale, y es también el encargado de dar vida a cada uno de los testigos de esta historia, que sin excepción, han quedado marcados por la aparición de estas criaturas en estado de gracia.
La candidez de estos pequeños peregrinos, que sueñan con llegar al Santo Sepulcro, logra desarmar la hostilidad de un leproso y alegrar el corazón de un clérigo vagabundo. Pero su presencia también despierta la desconfianza y hostilidad de los bien pensantes, que prefieren ver en ellos una maniobra de satán o una banda de mendigos dispuestos a saquear la ciudad. En uno de los mejores monólogos de la obra se lo ve al papa Inocencio III lamentando la aparición de estas criaturas ignorantes, pero inamovibles en su fe, que no hacen más que recordarle su inocencia perdida.
Subiotto logra generar en escena un clima muy similar al de una ceremonia religiosa. Si bien en algunos momentos sus personajes tienden a empastarse unos con otros, nunca llegan a perder identidad y el relato va tomando forma sin dejar cabos sueltos. Su trabajo con los objetos (una valija, pequeñas candelas, un pedazo de tela, etcétera) así como su expresiva interacción con la música, grabada y en vivo, subrayan convenientemente el tono intimista del espectáculo.
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