Ayer por la madrugada, a los 82 años y en el Día del Teatro, murió el gran comediante Enrique Pinti. Según se informó, estaba internado desde hacía tiempo por una descompensación de su diabetes asociada a otros males. La expresión “comediante” quizá no defina en su integridad la figura de Pinti (mucho menos la de “cómico” a secas), ya que a lo largo de su vasta carrera, iniciada en los 60, se probó en distintas modalidades y géneros, y casi siempre, en especial a partir de los 80, con enorme repercusión. En su obra convivieron el café concert, la revista, a la que intentó revivir hasta con vedettes emplumadas, figuras que hoy ya no serían aceptadas (¡qué pena habernos perdido sus diatribas contra cierta corrección política!) y, finalmente, el stand-up, del que fue maestro, amo y señor.
Enrique Pinti: el humor social perdió a su voz más importante
El artista, fallecido ayer, interpretó, satirizó y divirtió como pocos a las clases medias urbanas.
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Enrique Pinti. El creador de “Salsa criolla”, que mantuvo una década en cartel, murió ayer a los 82 años.
La esquina de Paraná y Rivadavia, la del Teatro Liceo, fue suya durante largas temporadas. Allí, año tras año con su “Salsa criolla”, lanzando invectivas contra todos: por empezar, los políticos, pero sobre todo contra las costumbres de la clase media argentina, incluyéndose él naturalmente en el conjunto. Sus monólogos eran ametralladoras por la velocidad con que los decía, la agudeza con la que salían disparados, y el efecto que lograban en el público era infalible. Fue tan fuerte la identificación, y él tan hábil con el uso de la lengua, que esas exactas palabrotas que ese mismo público no le toleraba a cómicos populares como Jorge Marrone o Jorge Corona, a Pinti, quien a veces hasta abusaba de ellas, se las festejaba con aplausos: esa era su magia, su alquimia: la complicidad de un artista con los oídos a los que se dirigía. En esa “Salsa criolla” (más urbana que criolla), incluía chistes que sólo podían mover a risa a quienes hubiesen atravesado experiencias similares, como los viajes a Europa. Sus habituales bromas sobre la familia tipo que en una trattoria italiana pide “camone para la nena” porque ignora la palabra “prosciutto”, o sus crónicas de la exhausto que quedaba cuando llegaba, con la lengua afuera, hasta la iglesia del Sacre Coeur en Montmartre, hacían desternillar en el Liceo a todos aquellos que conocían la cantidad de escalones que era necesario trepar para lograrlo. El videocasete de “Salsa Criolla” fue la primera producción local para el mercado argentino, y vendió miles de VHS. Como Les Luthiers, como Nacha Guevara, como Carlos Perciavalle, Antonio Gasalla y algunos otros artistas salidos del riñón o la periferia del Instituto Di Tella, Pinti fue, indudablemente, el referente de la clase media urbana, lugar en el que reinó durante décadas.
Pero lo suyo no fue siempre el stand up, ya que en sus comienzos hizo de todo.
En su sentida evocación de ayer en las redes sociales, su amigo Oscar Barney Finn escribió: “Te conocí a comienzos de los 60 en el Nuevo Teatro, mientras escribías tus primeras obras infantiles derrochando inventiva y talento .Sin duda eran otros tiempos esos comienzos de los 60 en donde, bajo la tutela de Alejandra Boero y Pedro Asquini , avanzabas hacia el lugar que el futuro te tenía reservado . Hablábamos mucho de teatro pero más de cine y cada charla era un desafío a la memoria. Como es de esperar, los medios con sus reseñas y necrológicas hablarán de logros y triunfos que construyeron un camino de éxitos, pero en aquellos días eras un apasionado laburante del teatro que comenzaba a sacar partido de cada rol que caía en tus manos, como el de ‘La Chinche’ de Vladimir Mayakovsky”.
Pinti fue, ante todo, un hombre de teatro. En su etapa de mayor fama el cine lo convocó para varias películas, siempre en secundarios característicos (la mejor fue “Sentimental” de Sergio Renán, de 1981, aunque el público lo recuerda más por el alcohólico que hizo en “Esperando la carroza”, de Alejandro Doria (1985). Con Víctor Laplace y Federico Luppi participó en “Flop”, de Eduardo Mignona, una biografía de Florencio Parravicini (1990) y con Ricardo Darín apareció en el policial “Perdido por perdido” (1993), de Alberto Lecchi. De joven, había hecho un bolo en la película “El secuestrador” (1958), de Leopoldo Torre Nilsson, protagonizada por Leonardo Favio, y a partir de 1969 empezó a guionar éxitos de la época como “La Botica del Ángel”, de Eduardo Bergara Leumann, “Casino” y “La luna de Canela”. También fue guionista de historietas en la editorial Atlántida, donde escribió para Billiken “El mono relojero”, con dibujos de Branca sobre el famoso libro de Constancio C. Vigil.
Su llegada al café concert se produce en 1973, año de florecimiento del género, con “Historias recogidas” en el Teatro Latino de San Telmo, que repitió durante los años que la censura se lo permitió. En 1976, actuó en El Maipo de gala con dirección de Gerardo Sofovich,con Osvaldo Pacheco, Carmen Barbieri y otros. “Pan y circo”, dirigido por Gasalla, data de 1982, años de Malvinas, en donde entre otros personajes parodiaba a la Reina Isabel. En radio fue columnista de numerosos programas, pero la televisión nunca le fue amigable. Su show “Pinti y los pingüinos” no duró mucho tiempo en el aire. Mención especial merece su actuación en algunos musicales (de los cuales, en su mayoría, también fue adaptador) como “Hairspray”, “Los productores”, “Anything Goes” y “El joven Frankenstein”, con Guillermo Francella. También llegó a grabar el CD “Radio Pinti” (1991) junto a Charly García y Pedro Aznar.
Su reino, como quedó dicho, fue sobre todas las cosas el stand up con números musicales, de lo que dio prueba la década en que “Salsa criolla”, con sus sucesivos updates políticos estuvo en cartel, y que llevó de paseo por numerosos países de América Latina. Hubo otros como “Pericón.com.ar”, “Candombe nacional” y “Pingo argentino”, donde convirtió nuevamente el escenario en una tribuna pública donde arremetía contra los vicios, “pecados” y torpezas de los argentinos. Allí, puntero en mano, “analizaba” el cerebro de los argentinos, y abominaba de algunas costumbres inarraigables y peligrosas, como las despedidas de soltero o el fanatismo futbolero. Hace tres años estrenó “Al fondo a la derecha” e l último show unipersonal, pero su salud ya no le permitió seguir adelante.
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