«Mi nombre es Sam» («I am Sam», EE.UU., 2001; habl. en inglés). Dir.: J. Nelson. Int.: S. Penn, M. Pfeiffer, D. Fan-D. Wiest, L. Dern y otros.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Sean Penn, en un trabajo verdaderamente excepcional, interpreta en esta película a un retrasado mental que lucha por retener la custodia de su propia hija cuando el Estado intenta quitársela y entregarla en adopción a un matrimonio. Su personaje se llama Sam, trabaja en la cadena de cafeterías Starbucks de Los Angeles (donde ni siquiera le confían la preparación de un capuccino), y su mayor diversión son las «noches de video»: reunirse a ver películas con un grupo de amigos de su misma condición.
Económicamente, la película llega al momento del conflicto a través de unos pocos datos informativos: Sam se convirtió en el único sostén de su hija cuando la madre los abandonó apenas al nacer, y la crió a los tumbos, como pudo, con la ayuda de una vecina fóbica. A los siete años, Lucy alcanza la edad mental de su padre, momento que desata el drama. Aunque no esquive algunas escenas de lágrima fácil, «Mi nombre es Sam» tiene una particularidad que la distingue de la mayor parte de las películas en las que un personaje de estas características lucha contra un mundo injusto por una causa que el espectador, inducido por la compasión, tiende a compartir de inmediato. La diferencia, aquí, es que las dos partes en pugna tienen razón.
El fiscal, pese a su caracterización en pantalla, no es el villano habitual ni el representante de ese mundo cruel y discriminador: sus argumentos, cuando sostiene la imposibilidad de que un minusválido mental continúe haciéndose cargo de la crianza y educación de su propia hija sin que ésta corra serios riesgos, son contundentes e irrebatibles. Desde luego, el corazón, y el público, están del lado de Sam, pero la razón del lado de los acusadores, tal vez más allá de las intenciones del guionista.
En ese sentido, la película podría haber crecido mucho más si el personaje de la representante de Sam, la abogada top Rita Harrison (Michelle Pfeiffer), no fuera también un vehículo para ejemplificar la contraparte moral de la historia: el hijo de Rita, cuyo matrimonio está en crisis, es el típico «chico rico que tiene tristeza». No hacía falta. El dilema del film, tan complejo de por sí y lo suficientemente honesto como para eludir enfrentamientos obvios, no requería este tipo de comparaciones tópicas.
Más allá de esto, la película puede jactarse de toda una serie de hallazgos y observaciones afinadas sobre esta tormentosa relación padre-hija. La impecable actuación de Penn reluce en más de una escena (la lectura de los cuentos, el rapto de furia en un fast food); un personaje secundario, el del amigo retrasado y cinéfilo, da pie además a uno de los momentos más ingeniosos del film y que se desarrolla en la sala de audiencias.
La banda de sonido (casi otro personaje), está elaborada sobre temas de los Beatles en versiones de 17 intérpretes de hoy. No se necesita nada más para entender qué es un clásico.
Dejá tu comentario