La viejecilla mimada e insaciable que termina devorando a cuantos se le acercan puede significar muchas cosas: un poder misterioso ante el que todos se inclinan por pereza o por miedo, una plaga que se achaca al destino o la usurpadora de una piedad mal entendida.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Casi siempre se ha centrado la obra en el personaje de la Nona y su protagonismo ha debilitado la fuerza formidable de la tragedia familiar. Claudio Hochman, en su puesta, se ha apoyado en quienes padecen su tiranía, que ella puede ejercer sobre aquellos que se lo permiten optando por la ceguera.
En esta nueva versión, los verdaderos protagonistas del drama son los componentes de la familia, que uno a uno van sucumbiendo ante la voracidad sin límites de ese dragón aparentemente inofensivo, al que no se atreven a enfrentar. Hochman se ha apoyado en un formidable elenco y ha dado a la pieza un carácter casi trágico, dejando de lado el facilismo de sacar partido de la comicidad que se deriva de las exigencias atrabiliarias de la insaciable vieja. Y este tratamiento permite apreciar la sólida construcción de la trama ideada por el dramaturgo, la impecable progresión del drama y el perfecto trazado de los riquísimos caracteres.
No hay una sola fisura en las interpretaciones: Claudia Lapacó y Juan Carlos Puppo logran verdaderas creaciones; la bondad, la inocencia y el amor los sostienen y el resultado es conmovedor. Luis Luque anima con inteligencia al vago bohemio cuya única preocupación es vivir sin trabajar, amparándose en su tía, estremecedoramente animada por Elsa Berenguer. Georgina Frere otorga convicción a la muchacha que a su modo intenta ayudar a la familia y Tino Pascali dota al pobre vecino libidinoso, movido por la ambición, de una simpatía que atempera sus miserables intenciones.
No hay una vacilación en todas las intervenciones y todos terminan por ser dignos de compasión. Hugo Arana compone una viejecilla voraz, encerrada en sí misma, escondida en su cueva, a la que a veces alimentan como a un perro.
La escenografía de Alberto Negrín es otro acierto: un enorme insecto que sobrevuela sobre la casa ocupa el lugar que se le adjudica a la Nona y es el verdadero devorador que se sirve de ella para aniquilarlos a todos. La iluminación y el vestuario de Roberto Traferri y Renata Schussheim colaboran con el clima de opresión y progresiva miseria que se va apoderando de la familia y de la casa.
No resulta explicable el porqué de la nueva versión de Eduardo Rovner ya que la música de Ernesto Acher debilita por momentos el poder de la trama. A pesar de lo que sostiene Rovner, la historia no necesita «ser realzada musicalmente». Pero el intento es válido, sobre todo porque puede atraer, después de casi 25 años de su estreno, a un público joven que no conoce la pieza. Una de las más potentes de la dramaturgia argentina de los últimos años, cuya plena vigencia, testimonia sus valores.
Dejá tu comentario