«Reencarnación», uno de los diez óleos de Quinquela Martín
hallados en estado crítico, restaurados por el equipo del Instituto
Universitario Nacional de Arte y ahora exhibidos en la
Daniel Maman, la galería que financió el proyecto.
En Daniel Maman Fine Art (Av. Del Libertador 2475) se exhiben hasta fines de febrero diez óleos de Benito Quinquela Martín (1890-1977) pertenecientes a la colección permanente del Museo que lleva su nombre. Estas obras que estaban en estado crítico fueron restauradas por el equipo del IUNA (Instituto Universitario Nacional de Arte) dirigido por Jorge Sarrile, creador del postgrado en restauración de dicho instituto y la galería que se hizo cargo de los costos materiales y los honorarios de los restauradores, un valorable trabajo conjunto entre una institución pública y una privada. Sarrile explica que para el trabajo de recuperación se utilizó el sistema ilusionista: la parte faltante se reemplaza por la forma y el color correspondiente, pero hecho con materiales tales que si la obra se ilumina con luz ultravioleta se detecta lo restaurado y puede verse exactamente el estado actual del original.
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Entre las obras se encuentran: «Veleros Reunidos» (1930), «Fundición de Acero» (1936), «Incendio de tanques de petróleo» (1940), «Incendio en La Boca» (1940), «Reencarnación» (1960), «Fundición de Hélices» (1968).
Vale la pena recordar que Pettoruti, un hombre poco dado a los elogios, decía que «a Quinquela lo hemos amado muy poco». José León Pagano, uno de los primeros críticos en ocuparse de su obra, señaló que «Quinquela es un pintor externo...traduce con mano pronta y sensaciones rápidas...». Un artista al que muchos apreciaron, algunos lo usaron, otros lo negaron, un símbolo de la plástica argentina, una obra que conmueve por la ajustada transposición del espectáculo real al que le agregó la exaltación colorística, quizás una revancha por los años pasados frente al monocromatismo de una carbonería.
En el intenso libro dedicado al artista, el crítico de arte Enrique H. Gené , menciona cómo deslumbró a Pío Collivadino, por lo que podía hacer por La Boca ya que vivió para ella, la amó, la sostuvo y la modificó para hacerla más amable y habitable para otros seres humanos a los que les había faltado de todo durante tanto tiempo. Es importante recordar que el Museo Quinquela Martín fue creado en 1938 y cuenta con más de 90 obras del artista y en su acervo figuran obras clave de la llamada Escuela Pictórica de La Boca en sus distintas disciplinas. Actualmente bajo la dirección de María García Pinto de Sábato, el Museo se ha despertado de un gran letargo y cumple el sueño del artista: trabajar para que la gente, los niños y la escuela sean los herederos de su obra. • Italo Chiantore (Buenos Aires, 1939), estudió pintura y escultura en los talleres de Kenneth Kemble y Emilio Renart y es egresado de los cursos de escenografía de la escuela Superior del Teatro Colón y de la UBA. Su gran conocimiento técnico logró dar nueva vida a objetos descartados, de rezago, piezas mecánicas y convertirlas en esculturas-máquina dotadas de movimiento mediante motores que estaban a la vista.
Minuciosamente elaboradas con alardes de orfebre en su composición, según el artista tenían una carga visual que deseaba depurar.
En su actual muestra en Tono Rojo (Eduardo Schiaffino 2183) ha llegado a la síntesis deseada. Esta vez la maquinaria está oculta y la tela que la cubre se desplaza sutilmente produciendo efectos ondulantes que, a veces, rozan lo erótico. Es evidente que subyace el pensamiento de Jean Tinguely: «Para mí , la máquina es sobre todo un instrumento que me permite ser poético. Si se la respeta, si se entra en juego con ella, quizás entonces se pueda hacer una máquina verdaderamente gozosa y por gozosa , quiero decir, libre.». Ghiantore propone esa ilusión además de lograr que el público se sienta identificado con el ingenioso mensaje visual que pretende transmitir. • Los artistas que tratan el paisaje como tema central del corpus de su obra lo abordan de manera diferenciada. Lidia Zubizarreta lo hace por el placer de experimentar con el color, la forma, la luz, da una señal de su estado de ánimo y también como una reflexión personal. «He pasado una hora de silencio y de contemplación de la naturaleza, cuando tomo los óleos es para bucear en ese recuerdo y recuperar ese momento de silencio». Esta reflexión personal sobre cómo encara su pintura es un agradecimiento y remite a un pensamiento medieval en cuanto a que pintar un paisaje se trata más de un acto de oración que de un acto de percepción. El paisaje cambiante de un lugar del que se ha apropiado, el lago Lacar, se siente a través de las acuarelas y también de los óleos en los que los colores pueden ser intensos y sutiles, las pinceladas atrevidas y contenidas, una interpretación que roza la abstracción y una incursión dentro del paisaje tanto psicológica como física. Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori (Av. Infanta Isabel 555 frente al Rosedal). Clausura el 8 de enero.
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