28 de noviembre 2001 - 00:00

Feliz retorno de Eco al Medioevo

Feliz retorno de Eco al Medioevo
Umberto Eco, «Baudolino» (Barcelona, Lumen, 2001).

Umberto Eco, que tantos caminos ha trazado a la semiótica contemporánea con «Obra abierta», «La estructura ausente» y «Lector in fabula», entre otros libros, es también un narrador que alcanzó con su primera novela, «El nombre de la rosa» (1980) un puesto entre los clásicos del siglo XX y, a la vez, la gloria más efímera de los bestseller con su versión cinematográfica.
 
Luego vendrían otras novelas, de lectura más ardua y menos éxito público, como
«El péndulo de Foucault» (1988) y «La isla del día de antes» (1994). «Baudolino» es, por lo tanto, su cuarta novela.
 
Situada en la Edad Media como
«El nombre de la rosa», comparte con ella alguna otra analogía, en especial su estructura encaminada hacia la develación de un misterio. Pero, en este caso, el eje principal es la crónica de la vida de Baudolino escrita sobre la base de un primer manuscrito que éste le muestra al historiador Nicetas Coniates, quien reconstruirá el resto de la Gesta Baudolini. Novela de formación en cuanto relata la vida de un pícaro, desde los catorce años hasta su ancianidad, es, también y sobre todo, una novela de aventuras tejida sobre una trama histórica en la cual se insertan hechos verosímiles y elementos míticos y legendarios.
 
Baudolino, un rústico piamontés con una desbordada imaginación y don de lenguas, cuenta sus humildes orígenes y cómo ha tenido la fortuna de ser adoptado por el emperador Federico Barbarroja. Gracias a él pudo hacer estudios en París antes de salir con su protector en un largo viaje, lleno de peripecias, en busca del reino del Preste Juan, una de las grandes utopías del Medioevo. En el camino conoce Bizancio y es testigo de sus grandezas y de su saqueo por los cruzados, participa de la tercera cruzada, ve morir a su padre adoptivo en circunstancias misteriosas y recorre reinos fantásticos. También conoce a una dama con un unicornio y engendra un hijo en ella.

Esta multiplicidad de episodios y de líneas narrativas se desarrolla, concluyen o se suspenden entrecruzándose con un ritmo veloz y un tono de comicidad e ironía que compromete al lector con la fábula. El, como el narrador, cree y descree, se deja arrastrar o se retira de la fabulosa construcción urdida, en gran parte por Baudolino. Este vaivén determina, sin duda, uno de los encantos principales de esta compleja, divertida y extraña narración. Traducido impecablemente por Helena Lozano Miralles -y en algún pasaje con admirable pericia filológica-, éste es uno de los grandes libros del año.

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