«La brusaròla». Autor y Dir: M. Allasino. Int.: M. Balletti, G. Mondino, M. E. Meyer, M. Gieco y S. Simondi. Mús. Orig.: G. Scalenghe. Dis. de Esc., Ilum. y Banda Sonora: M. Allasino. (Espacio Ecléctico, Humberto I° 730, sábados, a las 21.30 y domingos, a las 19 hasta el 26 de mayo)
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Proveniente de la ciudad santafesina de Rafaela se está presentando en Buenos Aires el Grupo T, liderado desde hace doce años por Marcelo Allasino. Se trata de una pujante compañía de teatro independiente, que ya ha participado en muestras y festivales de todo el país (incluido el I Festival Internacional de Buenos Aires) y siempre se destacó por audaces y creativos montajes que vale la pena conocer. «La brusaròla» es la séptima producción del grupo y ofrece una buena muestra del espíritu crítico con que el director Allasino observa la realidad, filtrada en este caso a través de la institución familiar. El espectáculo ofrece una feroz caricatura de la típica familia de origen italiano -simpática, ruidosa y, aparentemente, muy expansiva-pero dominada, en verdad, por una madre autoritaria que humilla a su hija sordomuda, aterroriza a su criada y estupidiza a su único hijo varón.
El tono grotesco de la puesta, el desparpajo con que se exhiben algunas perversiones y debilidades humanas, sin descartar el humor, traen a la memoria la recordada película de Ettore Scola, «Feos, sucios y malos». Sólo que aquí ya no se trata de una villa miseria sino de un hogar de clase media, absolutamente reconocible. Allí donde, se supone, debería estar ubicada la sede del afecto y la contención para cada individuo, se imponen en realidad las más duras condiciones de supervivencia.
Pero, mucho más interesante que el conflicto central -provocado por la llegada de un médico que atiende kinesiológicamente a la madre, pero se enamora de la hija-es el curioso perfil que ofrecen sus personajes, eficazmente interpretados por Gustavo Mondino (el hijo), Marcela Bailetti (la hija), Marcelo Gieco (el doctor), María Eugenia Meyer (la sirvienta) y la gran actriz Silvit Simondi, sorprendente en su rol de madre posesiva y perversa (el término «brusàrola», de origen piamontés, alude a sus ardores sexuales).
•Infierno
Allasino se atrevió a describir el infierno familiar con trazo muy grueso logrando entrecruzar el realismo costumbrista de algunas escenas con el grotesco de otras. Pero, en las escenas de ensueño de la hija (una parodia del mito de Cenicienta) se dejó llevar por un espíritu demasiado naïf, con imágenes previsibles y algo obvias, que le quitan fuerza a la obra.
Aún así el espectáculo cautiva al espectador y lo enfrenta -a veces con risas, otras con espanto-a esas disfunciones de la vida familiar que, en general, resulta más cómodo ocultar.
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