«Frankenstein» (El musical de un alma perdida). Libro y letra: T. Lovera y G. Arduini. Mús. orig.: G. Goldman. Coreog.: A. Livera. Coros: G. Giangrante. Esc.: V. Ambrosio y A. Repetto. Vest.: J. Maselli y H. Oriez. Luces: A. González. Dir. y puesta en esc.: H. Kuttel. (Teatro Coliseo).
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Si se revisan minuciosamente los antecedentes artísticos de los responsables de esta versión de «Frankenstein», se cae en la cuenta de que todos ellos han estado estrechamente vinculados con el «team» Cibrián-Mahler, los máximos exponentes de lo que se ha dado en llamar «comedia musical argentina». De ahí que las coordenadas estéticas que recorren este nuevo musical hayan tenido como modelo de inspiración «Drácula», uno de los trabajos más exitosos de los popes del musical argentino.
Ahora es la novela de Mary Shelley la obra que motivó la realización de este espectáculo de amplio aliento neorromántico. En dos actos y veintidós escenas, «Frankenstein» es la trágica historia (vastamente conocida por el cine) del científico Víctor Frankenstein, quien en un intento de emular a Dios, pretende crear vida humana, lográndolo a medias.
Paralelamente a ese objetivo fundamental , la obra focaliza otras temáticas, de tan contemporánea trascendencia, como la discriminación del «distinto» o del «diferente», su ontológica soledad mitigada por la búsqueda de una mujer capaz de ayudarlo a soportar un duro calvario.
Apoyada en una sólida producción, este producto musical apoya su eficacia en su discurso visual, en la belleza de la escenografía y la espléndida iluminación. Hernán Kuttel manejó con solvencia los distintos recursos escénicos puestos a su servicio por un equipo sumamente eficaz e imprimió al todo una dinámica de aliento cinematográfico.
Musicalmente, si bien el trabajo no es demasiado original, hay en él un tratamiento vocal e instrumental de fuste que se percibe tanto en las escenas individuales y en las de conjunto, de atractivas coreografías y afinados coros. La música actúa funcionalmente y su lirismo está al servicio más de la narración de los sucesos que de la instauración de una poética metafísica que hubiera sido ideal para el contenido de la obra. El mismo compositor, Gabriel Goldman, dirige la orquesta compuesta por un excelente grupo de instrumentistas que se oyen amplificados con sutileza por Osvaldo Mahler.
El elenco, como ocurre siempre en estos casos, es muy entusiasta y hay labores muy eficaces como las de Pablo Toyos ( Frankenstein), Sebastián Holz ( Víctor), Andrea Lovera ( Justine) y Belén Mackinlay ( Elizabeth), aunque la mayoría de los intérpretes ofrecen condiciones aptas para sus roles.
Una relectura actual de un añejo monstruo generado por el romanticismo del siglo XIX, «Frankenstein» es un bello espectáculo realizado en homenaje a Tito Lectoure, un empresario que confió plenamente en el talento de jóvenes artistas del musical, logrando merecidos éxitos en el que fuera su hábitat natural: el Luna Park. Tributo totalmente merecido.
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