La visita del presidente de Italia, Carlo Azeglio Ciampi, resultó positiva para el sector de la cultura. Para comenzar, Ciampi arribó a Buenos Aires con una nutrida escolta de intelectuales y operadores de la cultura dispuesta a proponer proyectos de intercambio. Luego, en el Palacio San Martín, Asuntos Culturales de la Cancillería brindó algo más que el tradicional almuerzo para confraternizar con la delegación: organizó tres foros de debate matutino para las diversas disciplinas, científica, educativa y cultural e informativa. Así, al abrir la posibilidad de discutir los acuerdos de cooperación, el resultado superó la retórica tradicional y se plantearon proyectos concretos.
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A la hora del almuerzo, la reunión había alcanzado el tono de un encuentro entre amigos. En ese plan estuvieron Paolo Baratta, presidente de la Bienal de Venecia, Barone Agnello, del Consejo de la Música, Alessandro Marcucci, vicedirector de la RAI, Ricardo Campa, presidente del Instituto Italo Latinoamericano y Manilo Triggiani, director de la «Gaceta de Mezzogiorno», entre otros.
«Una cuestión es recibir un producto cultural que Italia prepara para exportar al mundo entero, y otra cosa muy diferente sería comenzar a estudiar las relaciones que existen entre las obras de los artistas argentinos y de los italianos, forjar una exposición que refleje esos lazos», se le cuestionó a Renato Miracco, curador de la muestra de Carlo Carrá que se exhibe actualmente en el Museo Nacional de Bellas Artes. La respuesta no se hizo esperar, Miracco defendió esa propuesta, y agendó una reunión en Buenos Aires para dentro de quince días, fecha en la que se comenzarán a reunir las piezas del pasado en común.
En el área de las bellas artes las imágenes tornan más visibles las notables afinidades. Como la extraña relación que existe entre la obra metafísica de Carrá y la pintura «mental» de Fortunato Lacámera, artista que nunca salió de La Boca y que estudiaba la materia Ornato mientras se ganaba la vida con la brocha gorda. Santiago Chotsourian, flamante director nacional de Música y Danza, señaló que Italia podría ampliar el horizonte de los músicos argentinos si allí decidieran ejecutar sus obras, y aclaró que el costo de este intercambio puede reducirse al envío de las partituras, al de una simple estampilla de correo. La idea tuvo el eco esperado y, además de las artes visuales, se aseguró la presencia argentina en los programas de música y danza de la próxima Bienal de Venecia, en el mes de junio.
Teresa Anchorena, a cargo de la organización de este encuentro, puso el acento en la posibilidad de restaurar las sedes de los numerosos centros vecinales y culturales italianos que todavía existen en toda la Argentina. Reciclaje que más allá del rescate de la arquitectura, podría significar la restauración de vínculos culturales y de otros órdenes que la globalización disuelve, que podrían volver a ser tan intensos como lo fueron en otros tiempos.
En este sentido, Santiago Kovadloff destacó la necesidad de imponer un trato solidario ante la indiferencia generalizada. Las reflexiones llegaron así al ámbito filosófico, sencillamente porque en nuestro país el pensamiento italiano, el de Umberto Eco, Gianni Váttimo, Norberto Bobbio o Giovanni Sartori, tiene una firme repercusión.
En el terreno de la comunicación se recordó que 75% de la información que circula en el mundo proviene de EE.UU., que la Argentina no es ajena al fenómeno y que en medios masivos como la TV o el cine, el porcentaje es más elevado, en detrimento de la relación entre ambos países.
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