23 de enero 2001 - 00:00
Garci: "Todo lo aprendimos del cine americano, pero ya no es confiable"
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José Luis Garci.
Periodista: Sus películas son fuertemente españolas, pero a veces, como en este caso, son simultáneamente un homenaje a la cultura norteamericana. Aquí, a partir del título, tomado de una canción de Cole Porter.
José Luis Garci: Así es, y estoy dispuesto a declarar que el cine americano, que tanto amo, es una expresión del imperialismo en grado exacerbado. Pero es que las estrellas de ellos son las estrellas de todo el mundo. En España, el cine americano no se sentía como extranjero. Extranjero era el cine francés, o el checo, pero aquello... Y eso que mostraba cosas tan distintas. Mire el caso de «El padre de la novia». Nosotros no vivíamos en chalets como ésos, ni jamás íbamos a tener una vecina como Elizabeth Taylor, pero encontrábamos cosas en común, por ejemplo que en toda fiesta de casamiento se repiten los regalos. Es cierto que en nuestro caso eran ceniceros, y en el de ellos eran cafeteras, que entonces ni las conocíamos, pero además estaba ese asunto del doblaje, que los hacía como nuestros.
P.: Una costumbre que perduró en España...
J.L.G.: Así es. Mi madre se murió creyendo que Spencer Tracy era gallego. El cine americano fue nuestro maestro, pero ya no es confiable. Por ejemplo, yo no hubiera fumado si no fuera porque veía fumar a Bette Davis, y Humphrey Bogart, y Robert Mitchum, o no hubiera visto «Casablanca», la película donde más se fuma y se bebe, y resulta que ahora todo es light, y sólo fuman los malos. Ahora me van a decir que fumar es malo; hombre, me tienen que oír. Por cierto, amo el viejo cine americano, ese que ves por televisión o video a la una de la madrugada, cuando ya se ha ido el camión de la basura, y encuentras unos diálogos que están escritos especialmente para ti. En cualquiera de esas viejas películas hay un diálogo inolvidable. El cine de ahora no me gusta, y quizá sea porque yo estoy más por los afectos nacionales que por los efectos especiales. Pero aquel de Leo MacCarey o John Ford... Basta con ver «Más corazón que odio», para entender que John Ford está cerca de Homero, y que entre salvar el único manuscrito de Joyce, o una copia de «Un tiro en la noche», yo elijo esta última. Será porque no sé qué rayos es eso de ser intelectual.
P.: Tampoco sabe de técnicas modernas, según dice.
J.L.G.: Todo esto de la Internet me ha pillado tarde. En mi vida hice un e-mail. Y no tengo idea de lo que es el cine digital. Tampoco estoy con eso de acompañar la película con un libro, un CD, el making, el CD-Rom, que al final lo menos importante es la película. Pero aprecio ciertas cosas. Eso de tener la Sinfónica de Nueva York a las tres de la mañana en tu casa, por ejemplo.
P.: ¿Suele ir a los conciertos, a la ópera?
J.L.G.: Me gusta la ópera italiana. Para mí, «La Traviata» es «El ciudadano» de las óperas, y me la llevaría a una isla desierta, junto a la opereta «El murciélago», porque los Strauss aquéllos tenían talento, tanto como los Cohen, pero sigo pensando que lo mejor de las óperas son los intervalos.
P.: Prefiere el fútbol.
P.: Hablando de argentinos, ¿usted trabajó con León Klimovsky?
J.L.G.: Cuando empecé como guionista le escribí varios proyectos, y algunos llegaron a convertirse en películas. Tuve el placer de conocerlo y apreciar su enorme caudal cultural y su visión del cine, lástima que en España pocos lo conocieron, ya que sólo pudo hacer películas de bajo presupuesto y géneros desdeñados. Pero nos dejó el «Salto a la gloria», sobre la vida de Ramón y Cajal, y también algo impagable: el doblaje de «El ciudadano», un doblaje ejemplar, verdadero homenaje a Orson Welles. Personalmente, le debo muchas cosas: él apostó por mí, empujándome a la dirección, y me brindó su amistad, hasta su muerte hace pocos años. Una magnífica persona, León Klimovsky se lo merecía todo. Le agradezco de corazón que me haya hecho esta pregunta.
P.: ¿Y ahora, qué proyectos tiene entre manos?
J.L.G.: Por ahora, con la promoción de la película, soy una maleta, yendo de un lado a otro. Pero estoy pensando otra película, de la cual sólo tengo el título: «Historia de un beso». Debo hacer el guión, que es lo más difícil. Rompo aquí una lanza por los guionistas. El guionista es el tipo que hace la cama, y el director es el que se acuesta con la rubia. Eso me dijeron y yo lo tomé como algo literal. Me dediqué al cine porque creía que uno se acostaba con las actrices, pero es mentira. Y es que uno cree cualquier cosa. Me aburro viendo un partido, y al otro día leo que era bueno. Debo creer que es bueno. Lo mismo con mis propias películas. Unos dicen que «Solos en la madrugada» es progre, otros dicen que es reaccionaria. Joder, la gente hace conmigo lo que quiere.




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