16 de julio 2001 - 00:00

Guerberof: "En esta comedia Shakespeare bordea lo procaz"

Escena de la obra de Shakespeare.
Escena de la obra de Shakespeare.
(13/07/2001) El director Miguel Guerberof acaba de estrenar en el Teatro Anfitrión (Venezuela 3340) la primera versión que se conocerá en Buenos Aires de «Todo está bien si termina bien» de William Shakespeare. Se trata de una comedia negra en la que la lucha de sexos está rodeada de apuntes satíricos y hace gala de un humor que bordea lo procaz, según palabras del propio director.

Helena, la protagonista de esta historia, está obsesionada en casarse con Lord Bertram ( Beltrán en la versión de Guerberof), un aristócrata bastante torpe y con ínfulas de Don Juan, que la desprecia por su baja condición social. Helena hace caso omiso de sus desplantes y monta un ingenioso operativo con el que finalmente logra atraparlo.

Pero el desenlace es mucho menos feliz de lo que aparenta. «Todo está bien si termina bien» reúne a buena parte del elenco de «Cuento de invierno» otra pieza shakespeareana que Guerberof llevó a Alemania el año pasado, donde además de participar en el Festival Shakespeare-Neuss, en los suburbios de Dusseldorf, hizo una corta temporada en Berlín.

Periodista: ¿A qué se debe este empeño en frecuentar los títulos menos conocidos de Shakespeare?

Miguel Guerberof: Cada vez que alguien monta un Shakespeare siempre elige los grandes monólogos. Yo preferí empezar con «Cuento de invierno» a la que me une una larga historia. La leí a los doce años, cuando mi papá, que era bastante culto, me regaló una colección de obras adaptadas para chicos. Quedé muy impresionado con esa lectura y cuando finalmente monté la obra me interesó mezclarla con lo grotesco y con lo patético, pero no para hacer un teatro rioplatense. Mi idea era seguir a Beckett, quien hizo una magnífica relectura de la tragedia. Su «Final de partida», por ejemplo, es una excelente traducción del «Rey Lear» de Shakespeare.

P.: También trabajó con las mujeres de Shakespeare.

M.G.: Sí, monté «Ceremonia enamorada», con María Ibarreta. Fue un homenaje a mi desconocimiento de lo femenino y también a mi honesto y sincero intento por capturar su misterio. Luego pensé en montar «Trabajos de amor perdidos», pero unos amigos críticos me advirtieron: «Mirá Miguel, los grupos de aficionados la hacen siempre». Así que me decidí por «Todo está bien si termina bien», que en algunas versiones españolas figura como «A buen final no hay mal principio», mucho menos fiel al original. Me reencontré con la obra el año pasado, luego de ver por cable una larga entrevista a Borges donde terminaba recitando en inglés un monólogo de la obra. Intrigado fui a buscar la cita y la encontré, a pesar de que no tengo a todo Shakespeare en la memoria, pero ¿quién puede tenerlo? Si ni siquiera el pobre Borges podía citarlo completo.

P.: ¿Qué le interesó de esta obra?

M.G.:
La mirada que ofrece sobre el amor convencional. En esta obra hay como una persecución de las mujeres sobre los hombres. Helena es una mujer profundamente excitada con la sexualidad porque no la ha resuelto, pero su deseo es lo que activa la acción. Yo la visualicé como una especie de Glenn Close en «Atracción fatal», una mujer que tiene un discurso externo muy liberal pero que en la acción lo único que hace es cercar a ese hombre. Al final de la obra Helena termina poniéndole una correa a Beltrán. El público va a ver un espectáculo de humor pero en una lectura más profunda va a poder reflexionar y quizá polemizar acerca de los roles sexuales.

P.: ¿Cómo resolvió los desbordes humorísticos de la pieza?

M.G.: Shakespeare tiene una manera muy particular de mostrar el humor. Cierta zona de la procacidad está siempre latente en sus obras. Imagino que este teatro debe haber sido muy zafio en su época, pero lo podemos trasladar a los actores de hoy. Yo traté el humor desde un costado un poco cínico y algo procaz, donde todo transcurre a una gran velocidad y con simultaneidad de imágenes, porque estoy convencido de que Shakespeare fue el inventor del lenguaje cinematográfico. Uno lee «Hamlet» y se encuentra con un guión de cine. Pasa de un exterior a un interior con un increíble criterio de continuidad y simultaneidad, facilitado sin duda por la peculiar estructura de su teatro.

P.: ¿Qué otros temas aparecen en la obra?

M.G.: Hay una crítica a la medicina tradicional y a lo «cuadrado» del militarismo. El grupo de soldados que aparece es muy tonto y hace de la guerra una cuestión casi deportiva. En este sentido, la puesta tiene mucho de los Hermanos Marx.

P.: ¿Cómo cree que va a recibir el público esta pieza de humor tan «zafio», como usted la definió?

M.G.: Monté este espectáculo con la idea de que este grupo de actores sirva a esta obra con una gran vitalidad y una gran enjundia en la que desde luego se respeta el rango poético del original. Quiero que el espectador tenga la sensación de que esto es una fiesta y dada la efervescencia que se vivió en las primeras funciones me parece que logramos el objetivo.


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