Guillermo Kuitca afirma que le interesa exponer sus obras en la Argentina. Si bien siempre residió y trabajó en Buenos Aires, desde 1986, cuando presentó la exitosa muestra “Siete últimas canciones”, sus obras circularon por museos y galerías extranjeras. Recién volvió 17 años después, con una muestra antológica que ocupó todo el Malba y, con su nombre ya consolidado en el circuito internacional. Luego, pasó más de una década y el año pasado, en el mismo lugar, presentó “Kuitca 86”, con las camitas, las pinturas de “Nadie olvida nada” y los escenarios. Hace apenas unos días regresó, esta vez a ArtHaus con la serie completa de sus “Diarios”.
Todas sus convocatorias son exitosas, pero el cambio de escenario implica un público distinto. El Malba es la mejor vidriera del arte, mientras en la colmada inauguración de ArtHaus predominaban los artistas. Y no es de extrañar. Resulta mucho más fácil preguntar qué artistas argentinos no accedieron a la Beca Kuitca desde su creación, en 1991, que nombrar a todos. Para ellos, Kuitca nunca se fue del todo. Además, ArtHaus nació para ayudar a los artistas, específicamente, para albergar una instalación monumental de Mondongo cuyo destino era terminar en un depósito. Y el público accede gratuitamente.
Los “Diarios” de Kuitca surgieron de modo accidental. El artista decidió cubrir la mesa redonda donde tiene sus papeles (y antes, el teléfono), con las telas que comenzó a pintar y luego descartó, por considerar que no estaban logradas. Desde que en el año 2000 las presentó por primera vez en la Fundación Cartier de París, estas obras donde se cruzan pinturas, dibujos y las más diversas anotaciones, poseen un carácter en alguna medida autobiográfico. Los conocedores disfrutan adivinando las visiones que flotan en la memoria del artista, los rastros visibles de sus obras y de citas referidas a obras cinéticas totalmente ajenas a su producción, pero miradas como si tuviera la intención de desentrañar algún secreto.
Kuitca llegó con sus “Diarios” a la Bienal de Venecia de 2007, invitado por el curador general, Robert Storr. Allí están los gestos más espontáneos, algunos grafismos legibles, números, rostros o simples garabatos, al lápiz o el pincel, entre gotas y charcos de pintura. Esa suerte de escritura automática podría incluir citas a los artistas que sin duda admira y, también, la “Cocina” de algunas de sus obras. Robert Storr observa que al mirar un mapa de Kuitca, “se activa en la mente un mecanismo instintivo de vuelta al hogar”.
Y toda la serie activa el recuerdo. Hay un semicírculo semejante al de "La Tablada suite", cuadrados y rectas paralelas como los de las cárceles y poemas pedagógicos que recrean el clima opresivo de esas obras. Lo que a simple vista podía verse como una pintura abstracta, era en realidad el plano de una cárcel con sus infinitas celdas, sin acceso ni salida. La sensación de enclaustramiento sobreviene al recordar las aulas vacías. Los teatros, por el contrario, regalan el placer de imaginar. Y también el “Diario” azul cruzado por líneas onduladas y la palabra Sigfrid.
Durante la inauguración, algunos artistas hablaron de la inolvidable experiencia en la Beca. Kuitca se había iniciado en la docencia en algunas universidades de EEUU que lo convocaron para discutir y reflexionar sobre las obras de artistas en formación. Radicado en Buenos Aires e inspirado en esas charlas, presentó en la Escuela Pueyrredón un proyecto pedagógico basado en la “clínica de obra”. Allí lo rechazaron sin vueltas (siguieron copiando yesos) pero surgió en 1991 con el apoyo de la Fundación Antorchas y así cambió para siempre la docencia del arte.
Por el “Programa de talleres” pasaron artistas con trayectorias notables, como Matías Duville que hoy brilla en Venecia. Empeñado en la profesionalización de los artistas, Kuitca logró el apoyo de la UBA y, lo agradeció de este modo: "Nunca es suficiente el apoyo a las artes, pero ese no es mi objetivo. No soy una persona que quiera patrocinar artistas, soy un artista que quiere estar en contacto con otros artistas y me parece que eso es importante para crear foros de discusión. No puedo separar mi ser artista de mi trabajo docente". La consideración de “su capacidad para ver con generosidad y concentración” la producción de los artistas, atraviesa la historia del arte contemporáneo argentino.
Dueño de ArtHaus, el coleccionista Andrés Buhar ganó celebridad cuando compró la imponente instalación “Paisajes”, también de Mondongo (Juliana Laffitte y Manuel Mendanha) por el precio récord de 1.270.000 dólares. Hoy, “Paisajes” está de gira por todo el país, del Museo Castagnino de Rosario pasó hace unos días al Franklin Rawson de San Juan. De más está decir que el encuentro de los artistas de las provincias con una obra monumental en su forma y contenido, contribuye más que cualquier discurso a la formación artística. “Paisajes” valora la grandeza de nuestro territorio.
A los “Diarios” de Kuitca, se suman hasta fines de agosto, además de conciertos y performances, la videoinstalación inspirada en su obra, “Estas cosas llevan tiempo”, del cineasta Ignacio Masllorens, presentada con un texto de Andrés Di Tella.