24 de octubre 2002 - 00:00

Historias mínimas que emocionan y divierten

Escena del film
Escena del film
«Historias mínimas» (Argentina-España, 2002, habl. en español). Dir.: C. Sorín. Guión: P. Solarz. Int.: A. Benedictis, J. Lombardo, J. Bravo, A. Maldonado, J. Solomonoff, C. Montero.

Al exponer las razones de un premio, los jurados suelen hablar del aporte lingüístico, el compromiso temático, etc. Pero los de San Sebastián, encabezados por Wim Wenders, fueron más directos y viscerales. Le otorgaron a «Historias mínimas» el ansiado Premio Especial, «simplemente», dijeron, «porque nos gustó mucho».Y les gustó y se lo dieron, por unanimidad.

Es que la nueva película de Carlos Sorín (la tercera en 16 años, y también la tercera que ambienta en la meseta patagónica, y una de las mejores del cine argentino de este año), se ve con mantenido placer, con una sonrisa de ternura y simpatía, desde que empieza hasta que termina. Y hasta provoca una pequeña y luminosa emoción. En algunos, apenas empieza, cuando vemos al principal personaje, un octogenario, frente al clásico test del oculista, y hacemos fuerza con él para ver bien las letras. Para otros, cuando un pequeño plano del camino sugiere que el viejo piensa escaparse de la casa.

Su perro escapó hace tres años, y ahora alguien lo ha visto, a 400 kilómetros de distancia, y el viejo quiere ir a buscarlo, porque piensa que el animal está ofendido con él, y quiere hacerse perdonar. Quizá los animales se dan cuenta, cuando uno ha hecho algo malo... Por el mismo camino, también van una muchacha de pueblo, para participar en un pequeño concurso televisivo por una procesadora, y un entusiasta viajante de comercio, que organiza toda una estrategia para llegar indirectamente al corazón de una joven viuda. Asimismo, aparecen una geóloga en busca de futuro, varios reposteros bien intencionados, un detenido solidario con el viejo, un gendarme alegre y desprendido, un capataz de Vialidad, campechano, bien criollo, y otras gentes del interior, cordial, sencilla.

Sorín
mira a todos con afecto, incluso a los pocos antipáticos que también figuran (el hijo que ve a su padre como una carga, la enfermera del dispensario público, el animador de un programa de cuarta, una gorda envidiosa), y al «actual» dueño del perro, que se presenta como el malo de la película, y en apenas dos planos, de pronto, nos hace poner un poco de su lado. Esto es clave: con toda esa galería de personajes a cielo abierto, el narrador no parece imponernos -como es costumbre-el «así estamos», ni el «así nos dejaron». Más bien, dice «así somos». Mejor dicho, deja que lo digamos nosotros, que reconozcamos en sus historias, tan reales, tan argentinas, una esencia que nos purifica el alma. El simplemente las cuenta, porque las ama y transmite su amor, y ahí está la gracia.

Quizá también mereció ganar el premio al mejor director. Es admirable lo que ha hecho con un elenco cuyos únicos profesionales son Javier Lombardo, el viajante, muy bueno, y Enrique Otranto, que apenas aparece, y con un guión que se iba ajustando a lo largo del rodaje, y del camino. Valiosas, también, la contenida música de Sorín hijo, la luz que fija Hugo Colace de esos paisajes inmensos, y la presencia de unos criollos como don Antonio Benedictis, don Aníbal Maldonado, y el poeta chaqueño Carlos Montero, que son, como quien dice, gente de verdad, y de una pieza.

Dejá tu comentario

Te puede interesar