6 de junio 2001 - 00:00
Hitchcock, además de coleccionar cuadros, gustaba de recrearlos
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Alfred Hitchcock.
La cámara contempla la escena desde la espalda de los personajes para mostrar la finura y crueldad de la mano del hombre y subrayar mejor su determinación, ante el crimen. Es el detalle de la mano de Mason acariciando ese cabello lo que confiere dimensión sacrificial. Otra cabellera rubia, de Domenico Gnoli, inundando un cuadro, transmite la misma sensación de angustia contenida. A través de la pintura, una cabellera surrealista nos instala ante un mundo onírico presente en la obra de Hictchcock. La muerte acecha en los lugares más insólitos. Miedo y angustia penetran vidas definitivamente frágiles y amenazadas.
Las tramas de «Psicosis» o «Intriga internacional», dos obras maestras, podrían sugerir que es en el «argumento» donde miedo y angustia se instalan de manera más inquietante y duradera. Pero los paralelismos gráficos también dicen otras cosas: Kim Novak, en «Vértigo», es la prolongación visual de la «Proserpina», de Dante Gabriel Rossetti. Hitchcock sentía admiración y atracción no sólo por Rossetti, Burne-Jones o Beardsley, los temas y las estéticas fin de siglo en Londres y en Viena se multiplican, van y vienen sin cesar en obras de la época inglesa del maestro.
Sólo ahora se descubre cómo la refulgente belleza de mujeres como Kim Novak, Grace Gelly, etc., ha sido metamorfoseada en materia de encanto y misterio, que viene de los grandes maestros simbolistas, prerrafaelistas y modernistas, sembrando la imaginación y las imágenes más bellas del cineasta. Félix Valloton, Odilon Redon, Paul Klee, René Magritte, Hopper, Dalí, ocupan un puesto de excepción en el panteón de los seres de ilusión de Hitchcock.
La elegancia de James Stewart o Cary Grant, arquetipos hitchcockianos, también proviene, de los héroes urbanos de Valloton. La ventana desde donde un hombre contempla el misterio de vivir en cuarentena habla de ventanas de Valloton, Hopper y Dalí. Los paisajes donde se pier-den hacia misteriosos destinos autos conducidos por personajes de inquietante normalidad se asemejan con frecuencia a los paisajes metafísicos de De Chirico.
Sería fácil concluir dejando constancia de que Hitchcock se sirve de imágenes del gran arte contemporáneo para ilustrar sus propias obsesiones fílmicas; la verdad revelada es muy otra. Parece evidente que el cineasta ha podido estudiar «Los pájaros» de Braque a la hora de filmar algunos planos y secuencias de su propia y memorable película. Esos pájaros que habitan en una pesadilla también son el fruto de una profecía pictórica.
Los pájaros de Braque y Picasso pertenecen a una misma especie sólo presente en los manuales de zoología fantástica: los seres y figuras de ilusión, iluminación y pesadilla. Igual ocurre con las heroínas de Hitchcock: seres de fría belleza apasionada que salen del universo encantado de las heroínas prerrafaelistas y los cuentos de hadas. La filiación entre Poe y Hitchcock quizá no sean los cuentos de terror, si no Annabel Lee. Hadas y princesas encantadas, seres de ilusión y pesadilla. La llegada al castillo de Manderley, en «Rebeca», o a la casa Bates, en «Psicosis», son el paralelo en cine de los cuentos góticos ingleses, las fantasías románticas alemanas, los lugares de espanto y terror de Lovecraft.
En esas mansiones de sueño y horror viven eternamente inmortales seres imaginarios que el joven Hitchcock había descubierto en cuentos de Poe y de Oscar Wilde. La pasión artística del director le permite reinstalar esas figuras de sueño y pesadilla en las salas iluminadas por la luz y maneras del gran arte moderno. Un cuchillo, un vaso de leche, pueden cobrar la inquietante luz sobrenatural que viene de Man Ray y de Magritte. El laberinto infernal de la ciudad moderna es diseccionado a la luz lírica y arquitectónica de Caillebotte y Paul Klee.
Seducción
Sin duda, no es imprescindible conocer los grandes cuentos de hadas de la gran literatura romántica anglosajona para dejarse seducir por las princesas encantadas que James Stewart y Cary Grant llegan a tener en sus brazos, sin llegar a poseer ni fecundar.
Pero comparando las imágenes de Kim Novak encarnando el fantasma de Proserpina o asistiendo al despertar de una princesa encantada cuando Grace Kelly besa a Cary Grant, alimentando una sed que nunca podrá calmar porque abraza a un hada que no puede saciar pasiones de mortales, descubriendo las fuentes originales de esas secuencias en Rossetti, en Poe, en Oscar Wilde, en las calles y paisajes de Hopper y De Chirico, se pueden comenzar a explorar los caminos que un día tomaron los seres de ilusión del gran arte encontrando cobijo en fábulas cinematográficas.




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