2 de agosto 2004 - 00:00

Humor literario que debe ser explicado

La versión local de la comedia inglesa que pasa revista en broma a todas las obras de Shakespeare difícilmente fomente su lectura en los jóvenes, pero los hace reír con sus gags y enredos.
La versión local de la comedia inglesa que pasa revista en broma a todas las obras de Shakespeare difícilmente fomente su lectura en los jóvenes, pero los hace reír con sus gags y enredos.
«Shakespeare comprimido» de A. Long, D. Singer y J. Winfield. Dir.: : L. Jelín. Int.: A. García Pintos, M. Amigorena y H. Romero. Mús.: G. Cardozo Ocampo. Vest.: N. Murúa. Esc.: P. Sarmiento. Ilum.: R. Zabala. («Club del Maipo».)

La historia de este espectáculo se inició hace diez años, cuando tres actores californianos decidieron montar un espectáculo callejero aprovechando sus muchos conocimientos sobre Shakespeare. La experiencia fue un éxito y más tarde se convirtió en uno de los fenómenos teatrales más taquilleros de Londres. Desde entonces la obra ha ido recorriendo el mundo a través de sus diferentes versiones locales hasta llegar a Buenos Aires dirigida por Lía Jelín.

La puesta sigue muy de cerca el original con los peligros que esto conlleva, ya que se trata de un espectáculo que pasa revista a todo el teatro shakespeareano (en general, muy poco frecuentado por el público argentino) a través de códigos humorísticos y referencias culturales que no son los nuestros.

El espectáculo parte de una muy buena idea, una compañía súbitamente reducida a sólo tres actores intenta representar toda la obra del gran autor inglés en apenas dos horas. Pero para que esta broma resulte posible se requiere de una intensa complicidad entre el público, los actores y el material referido. El espectador inglés frecuenta a Shakespeare desde la escuela primaria, por lo tanto capta al vuelo todas las citas y alusiones -algunas sarcásticas, otras más bien ingenuas-que van entrando en diálogo con el corpus shakespeareano.

Este libreto exigía una adaptación mucho más libre que ésta, que no tenga que « explicar» aquellos chistes o referencias que no se entienden ni cargar con obras tan poco difundidas -como «Tito Andrónico»que cuando se las parodia, el público ni sospecha qué crueldades competen realmente al personaje y cuáles son producto de la caricatura.

Más que fomentar la obra de Shakespeare, los autores parecen burlarse del lugar de dios olímpico que ocupa dentro de la cultura occidental. Bromas al estilo «con una comedia ya bastaba, si son todas iguales» abundan dentro de este espectáculo. Claro que, en Buenos Aires, el chiste suena mucho más negativo que en Londres. Pero, pese a todas estas objeciones, el público -sobre todo el sector más joven-disfruta en grande de las bromas y enredos que se suceden en el escenario.

La puesta debe su eficacia a su acelerada dinámica y a la esforzada labor de los intérpretes entre los que se destaca muy especialmente
Mike Amigorena, un actor de grandes recursos expresivos que logra hacer reír hasta con el más mínimo de sus gestos. El intervalo queda a su cargo y él lo ameniza con rutinas y monólogos de una comicidad arrasadora, que paradójicamente poco tienen que ver con Shakespeare y tampoco figuran en el original, pero que se constituyen en el momento más divertido de la obra.

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