Narciso Ibáñez Menta, tal como lucía a los 80 años cuando lo entrevistó este diario. Maestro de estilo y pionero en audacias, no sólo en el género del terror.
Hijo y padre de artistas, nacido el 25 de agosto de 1912 en Oviedo, dicen que su primera aparición en escena fue como bebé, en brazos de una cantante de zarzuela. El prefería recordar cuando a los tres años se apareció imitando a todos los artistas al final de una obra. En todo caso, su primera actuación profesional fue a los 7 años, con «Los granujas», de Carlos Arniches. Y a los 10 ya era miembro de la Asociación Argentina de Actores, carnet N° 546. Narciso Ibáñez Menta, fallecido anteayer en Madrid, a los 91 años, creció viajando por teatros de España, Argentina, Cuba y hasta Marruecos. A los 12, hizo además su primer maquillaje, rubro cuyo conocimiento consideraba imprescindible para un actor de su categoría, obsesivo de las caracterizaciones, y fiel seguidor de Lon Chaney, el famoso «hombre de las mil caras».
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Precisamente, uno de sus primeros éxitos personales fue, a los 18, su versión teatral de «El jorobado de Notre Dame». Entre cientos de personajes que hizo en las tablas, destacan asimismo sus protagónicos para «El avaro», «El gorro de cascabeles», «La muerte de un viajante», «Las manos sucias», «Sangre negra» y «Procesado 1040». Al mismo tiempo, imponía su voz en los radioteatros (famoso, «El grito del hacha», con Aída Luz).
La voz era fundamental: dulce, cargada de una dolida ironía, de una triste seguridad acerca de las injusticias del mundo, y un severo entusiasmo acerca de cómo enfrentarlas con nobleza. La voz, y también los ojos, la frente despejada, la baja estatura y la flacura propia de un David obligado a enfrentar a los eternos Goliat. Con ese aura, entró también al cine.
Para nuestra pantalla compusotres maestros ejemplares (el generoso William Morris de «Cuando en el cielo pasen lista», el de «Corazón», y el mejor, «Almafuerte»), un inmenso poeta popular, Evaristo Carriego («La calle junto a la luna»), variedad de seres torturados («El que recibe las bofetadas», «La bestia debe morir», «Un hombre cualquiera»), y también, ¿por qué no?, memorables graciosos: el abuelo de «Vidalita», el viejito envenenador de «Los muchachos de antes no usaban arsénico». Amén de los tétricos seres de «Una luz en la ventana» (su debut cinematográfico), «Historias de crímenes», y «Obras maestras del terror», esta última ya como un amable eco de lo que desde 1957 era su nuevo reino: el terror en la televisión. Consustanciado con el género, su film de despedida fue, en 1981, un cortito publicitario sobre un purificador «para exorcizar los fantasmas de las comidas».
Del teatro entre nosotros ya se había despedido mucho antes, en 1963, cuando sucesivos cambios gubernamentales le impidieron inaugurar la sala Martín Coronado con la gigantesca puesta de «Ricardo III», el gran jorobado de Shakespeare, que venía preparando desde hacía meses. Amargado, embarcó para España, donde inició nueva vida con una cuarta mujer, Lydia Rojas (en arte, Lydia Cortéz). Las anteriores habían sido Pepita Serrador, Silvana Roth, y Laura Hidalgo.
Allí, él y su hijo, el director Narciso Ibáñez Serrador, hicieron notables ciclos televisivos («¿Esusted el asesino?, «Historias para no dormir»). Cada tanto, Narciso volvía a su segunda patria, donde alcanzó a recibir varios homenajes, especialmente, en 1999, con la inauguración de una sala con su nombre, en el Broadway reabierto y reacondicionado por Alejandro Romay. Pero ya los últimos años lo retrajeron a un sillón de su casa, desde donde contemplaba la calle, o miraba televisión. Se fue yendo despacito, tratando de vencer el único miedo que reconocía públicamente: «el miedo a una muerte larga, de sanatorio, molestando a todos los que están alrededor... a esa muerte le tengo miedo».
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