13 de febrero 2003 - 00:00

Imponente reacción del cine ante el horror

«11.09.01-El día que cambió el mundo» (id., Francia, EE.UU, y otros, 2002; habl. en fr., ingl., farsi y otros). Dir.: Y. Chahine, A. Gitai, A.González Iñárritu, S. Imamura, C. Lelouch, K. Loach, S. Makhmalbaf, M. Nair, I. Ouedraogo, S. Penn y D. Tanovic. Int.: E. Borgnine, E. Laborit y otros.

En 1967, seis directores franceses se reunieron en «Lejos de Vietnam», una película colectiva y tan efervescentemente política como la época en que se produjo. De todos ellos, hay uno que reaparece en «11.09.01», Claude Lelouch, paradójicamente el menos «politizado» y hasta considerado, en cierta parte de la crítica francesa que siempre lo atacó injustamente, como «de derechas». Sin embargo, fue Lelouch el único que profetizó, tan tempranamente como en 1974 y en su película «Toda una vida», el derrumbe de la Unión Soviética, algo que en esos años ni el iluminado helvético Jean-Luc Godard podía llegar a ver tras sus gruesas gafas de miopía.

Entre un film y el otro median no sólo las enormes transformaciones históricas de estos últimos 35 años sino también el desplazamiento, o autodesplazamiento, que ha experimentado el cine con respecto a aquella quimera de soñarse, también, como otro actor de la Gran Historia. Cuando Godard habló de la ubicación de la cámara como un acto político seguramente no pensó que ese lugar, en el siglo XXI, lo tendría la CNN o su contraparte árabe; el cine, mientras tanto, sabe hoy que la única historia que escribe es la suya propia.

En este contexto, «11.09.01», otro film colectivo que nace del estupor y no de la violencia militante, es la reacción impotente, y bella, que tiene el cine ante la primera tragedia de este nuevo siglo que empezó, y sigue, con los peores augurios. Según se sabe, sus productores (entre los que se cuenta el prolífico Jacques Perrin) convocaron a once cineastas de diferentes países con la consigna de filmar un cortometraje sobre el atentado al World Trade Center. Forma y contenido eran libres, y lo único a lo que debían ceñirse era la duración de los episodios: 11 minutos, nueve segundos, un fotograma. También en ese aspecto difiere de «Lejos de Vietnam», concebida como una unidad dentro de las diferencias.

• Diferencias

En «11.09.01» domina la heterogeneidad, lo que forzosamente convierte al film en un espectáculo muy interesante pero irregular, en un show de estilos en continuado y a veces hasta chillonamente contrastantes, como ocurre con el episodio del mexicano Alejandro González Iñárritu («Amores perros»), un experimento de pantalla negra casi total, con unos pocos flashes de las terribles imágenes de aquellos cuerpos en caída libre, y que está precedido por el simple efectivismo político del inglés Ken Loach (el capítulo más setentista de la película), que establece un paralelo entre el 11 de septiembre de 2001 con el de 1973, cuando se produjo el golpe chile-no.

Aunque sus productores hayan asegurado que en el film no influyó ningún sentimiento anti-norteamericano, es indudable que «11.09.01» no parece la película más indicada para exhibir un 4 de julio. De hecho, en los Estados Unidos aún no se estrenó, y tampoco parece que vaya a ocurrir. Quizá lo más hiriente para aquel país sea que el episodio más cáustico provenga de un director americano, Sean Penn. Su aporte es una devastadora metáfora entre luz y oscuridad, la vida de un pobre jubilado viudo, veterano de guerra ( Ernest Borgnine), cuyo miserable ambiente único, siempre en penumbras y húmedo, amanece radiante una buena mañana. Ya imaginará el lector por qué.

El capítulo de
Lelouch es magistral, la historia de una sordomuda que no percibe la tragedia; el inicial, de la realizadora iraní Samira Makhmalbaf, es de una belleza conmovedora: una maestra que trata de explicarles lo sucedido a niños que jamás han visto un edificio siquiera; el africano, de Idrissa Ouedraogo, un bienvenido aporte de comedia, las aventuras de un grupo de chicos que ven a alguien parecido a Osama Bin Laden y quieren capturarlo para cobrar la recompensa; el del bosnio Tanovic una ascética mirada a la irrupción de una tragedia ajena en una tierra acostumbrada a ellas, y el hindú, de Mira Nair, una buena drama-tización de un episodio auténtico, el del socorrista confundido con un terrorista. El israelí, de Amos Gitai, también -como el africa-no-ensaya el humor (muy negro en este caso), aunque con menos fortuna: la historia de una periodista que cubre un atentado en Tel Aviv pero que pierde protagonismo por lo que ha ocurrido en Nueva York. Mucho más abajo está el pastiche del egipcio Youssef Chahine (un invento de la misma crítica francesa que destroza a Lelouch), y el del japonés Shohei Imamura es tan poético como pedante e innecesario.

M.Z.

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