18 de marzo 2004 - 00:00

Intentan que Europa colabore en el cine

Mar del Plata - Desde el martes, la figura del festival se llama Ken Russell. Un hombre al que muchos daban por definitivamente envejecido y que ha conquistado a público y periodistas con unas películas que -valga la paradoja- son verdadero ejemplo de buena televisión. Y viendo el inesperado cariño de la platea, él mismo se ha vuelto mas animoso.

Lo que no significa que este más elegante. Su concepto de elegancia pasa por una remera negra con strass a la altura de la panza, junto a una esposa rubia con trajecito blanco de hombreras y solapas militares, y sombrero tipo plato volador, blanco y negro. Sin miedo a la cursilería, ellos crean su propio estilo.

También las obras que trajo, casi todas de divulgación cultural, tienen sus detallecitos cursis, y en algunos casos son medio confianzudas con las personalidades que tratan (Bela Bartok, Isadora Duncan, Richard Strauss,Anton Bruckner, etc.), pero curiosamente es eso mismo lo que permite la comunicación con el público.

Valga la aclaración: son medio confianzudas, pero nunca se ponen por encima de la figura que toman. No es cuestion de ser sobrador, o relajar al biografiado, sino de darle un trato familiar, que lo haga humano, accesible al espectador. Por ejemplo, en el delicioso especial «Elgar: fantasía sobre un compositor en bicicleta», la información que da es seria, educativa, pero eso no impide que Elgar le toque la cola a una de sus musas. Ni que después de pasar a la inmortalidad, su fantasma entre en bicicleta por la catedral donde lo velaron, y siga paseando por el pueblo.

Russell
trajo algunos de sus viejos telefilms para la BBC, de 1964 a 1970, sobre músicos y escritores, y otros más nuevos, como éste sobre el creador de «Pompa y circunstancia».

Trajo también una comedia bizarra donde hace de doctor Calihari (en consonancia con Caligari), una regocijante autobiografia, «A British Picture», y, boccato di cardinale, su primer corto, de 1957, el encantador cuentito «Amelia y el angel», donde una nena busca cómo reponer las alitas que debía usar en una representación escolar, hasta que felizmente ocurre lo que para ella será toda su vida un milagro. Impagable, la noche en que Russell presentó el corto junto a Mercedes Quadros, aquella nena que hoy es escritora, y también su amiga y traductora. Inolvidable tambien su propia conclusión: «¡Lo que se puede hacer con poco dinero!»

Anécdota ilustrativa. El título de la autobiografía, traducible como «Una película británica», evoca a su madre diciendo ante la cartelera «¿No hay otra cosa? ¡No quiero ver una película británica!» (algo parecido a lo que ocurre acá y en casi todo el resto del mundo, nadie tiene ganas de ver las nacionales, salvo que lo motiven fuertes razones).

Buscando motivaciones con forma de euros, ayer cerró el primer encuentro Europa-Mercosur, auspiciado por la Unión Europea y organizado entre la Coordinadora Europea de Festivales de Cine y el INCAA. Abundaron productores, distribuidores, y funcionarios de estas tierras, junto a consejeros franceses, distribuidores italianos, y promotoras españolas, como
Pilar Torre, una de las principales subdirectoras generales del ICAA de España, amén de Claude Eric Poireoux, responsable del Programa Europa Cinema, muy requerido por nosotros los pobres.

Antes, hubo un específico encuentro entre miembros del Centre National de la Cinematographie y productores nativos deseosos de formalizar algo con Francia, si todavía no lo han hecho. También se analizó la vigencia del actual acuerdo de coproducción entre ambos países.
«Con todo esto tenemos planes conjuntos para quince años», se ufanó Victor Bassuk, subgerente de asuntos internacionales del INCAA, agregando en un aparte «Ahora hay que ver si la gente quiere trabajar, o el único resultado concreto es que después se vayan a un cabarute». Ajeno a estas arideces, los cinéfilos disfrutaron ayer la master-class de Russell, y el encuentro público de tres documentalistas: la china Mabel Cheung («Las huellas del dragón», sobre el reencuentro de Jackie Chan con su familia original), el danés Jorgen Leth (que estuvo en Haití, pero acá trajo algo más divertido, «El humano perfecto»), y el inglés Nic Broomfield («Aileen: vida y muerte de una serial killer», sobre el mismo caso que trata «Monster», por el cual Charlize Theron gano el Oscar a la mejor actriz).

En competencia estuvo la brasileña
«El otro lado de la calle», de Marcos Bernstein, buena historia otoñal entre una vieja alcahueta de la policía y un vecino sospechoso de matar a su mujer. La referencia no es tanto a «La ventana indiscreta», sino a la decisión de aceptar los defectosde los demás, y dejar de ocultar los propios. Lástima que no vino la actriz, Fernanda Montenegro, que ha hecho un trabajo casi tan bueno como el que compuso años atrás para «Estación Central». Tampoco vino (pero ya había avisado con tiempo) Marisa Paredes, protagonista de «Crepúsculo rojo», un policial semipolítico que Edgardo Cozarinsky presentó, también ayer, fuera de concurso.

Mañana ya empezará a hablarse de premios, último día de la competencia.

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