4 de septiembre 2003 - 00:00

"Iris": en busca de los sollozos

«Iris-Recuerdos imborrables» («Iris», EE.UU., G.B., 2001; habl. en inglés). Dir.: R. Eyre. Int.: J. Dench, J. Broadbent, K. Winslet, H. Bonneville y otros.

E n su novela «El buen aprendiz» (1986), Iris Murdoch (1919-1999) escribió: «Mi mente ya no es libre, mi imaginación está completamente envenenada, atascada con un veneno negro. Soy una minúscula maquinaria, ya no soy un espíritu humano, mi espíritu ha muerto, mi pobre espíritu ha muerto». Ese pasaje se volvería proféticamente literal muy pocos años más tarde, cuando el mal de Alzheimer devoró su dignidad humana y artística.

La película de Richard Eyre es un homenaje a la narradora y filósofa británica que terminó su vida de la peor manera: incapaz de valerse por sí misma, olvidada de las palabras y las cosas, atascada en aquel veneno negro que llegó a prefigurar. Pero, si los sentimientos que impulsaron este retrato cinematográfico son nobles, los medios para expresarlos fueron en cambio plebeyos. El camino elegido padece otro tipo de atascamiento: el de los clichés de película emotiva sobre un caso clínico.

Interpretada alternativamente por Kate Winslet (la Iris Murdoch joven) y Judi Dench (la anciana), el guión avanza y retrocede en el tiempo para no informar demasiado sobre quién fue realmente, y qué representó en las letras inglesas, la destinataria del tributo. La sabemos una muchacha impetuosa, partidaria del amor libre, dominadora de su futuro esposo, el profesor y crítico John Bailey, y mucho tiempo después una pobre mujer que pierde sus dones más preciados, la memoria y la escritura, y que termina perdida por las calles de Londres.

Gran parte de las escenas correspondientes a las postrimerías de su vida responden a la típica «visita guiada emocional». Así como el asistente de TV, a través de carteles, le indica al público que concurre a un programa en vivo cuándo debe aplaudir y cuándo reirse, determinadas composiciones en cine establecen, de la misma manera, en qué momento preciso el espectador tiene que emocionarse: por ejemplo, con la postal de una pareja anciana en la orilla de la playa, sus manos juntas en alto, el crepúsculo, los violines sollozando.

Desgraciadamente, esta «Iris» por la que se esperó dos años para su estreno, abusa tanto de estas artificiosidades que el personaje central se pierde, se esfuma, y termina por no interesar demasiado. Jim Broadbent, el estupendo actor de «Topsy Turvy» que aquí interpreta a Bailey, obtuvo un Oscar por este papel. Bailey, según se nos dice, es una destacada autoridad en literatura inglesa y en crítica literaria. A juzgar por el retrato que brinda de él el film (basado en su propio libro), o bien no se le ha hecho justicia, o bien su autoestima, cuando lo escribió, estaba extremadamente baja.

M.Z.

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