26 de enero 2001 - 00:00

Isabella Rossellini y Gérard Depardieu, "actores líricos"

Isabella Rossellini.
Isabella Rossellini.
Nápoles - (26/01/2001) La presencia de Isabella Rossellini y Gérard Depardieu en una ópera sugiere, quizá, la subversión de los valores tradicionales, pero el hecho es que ninguno de los dos se ha propuesto suplantar la jerarquía sagrada de la prima donna y del tenor. Al contrario, la hija de Ingrid Bergman y el ubicuo histrión francés inauguraron el fin de semana la temporada operística del Teatro San Carlo de Nápoles, gracias a que Gide («Perséfone») y Cocteau («Edipo rey») concibieron el papel de una actriz y de un narrador para las correspondientes óperas de Stravinsky.


Finalmente, el díptico neoclásico irrumpió entre las ovaciones de cortesía y el entusiasmo devocionario. Resulta que Isabella Rossellini debutaba en el San Carlo medio siglo después de haberlo hecho su madre («Juana de Arco en la hoguera»); o sea que el trasfondo materno-filial implícito en el mito griego de Perséfone consiguió naturalizarse sobre la escena del teatro napolitano.

El problema es que Rossellini, inmaterial, mística, gélida, no pudo desprenderse físicamente del guión en los pasajes decisivos del espectáculo. ¿Tanto le costaba aprender de memo-ria el texto visionario de André Gide? ¿Era necesario mirar de reojo al apuntador?

El caso es que ella nunca había pisado un escenario de ópera antes de vestirse de Perséfone. Si se le pregunta cómo ha sido la experiencia, responde: «En realidad, estaba aterrorizada, emocionada. Mi madre había pisado este mismo escenario y yo nunca había trabajado en una ópera. Pero estoy muy satisfecha. Primero, porque se trata de una experiencia muy enriquecedora.Y, después, porque la lectura de también porque las óperas míticas e imaginativas de Stravinsky transcurrieron casi siempre de forma estática, convencional, pasiva.

Especialmente, «Edipo rey», cuya dimensión teatral, muy superior a la de «Perséfone», resultó verosímil cuando mediaba la voz de Depardieu o cuando intervenían los cantantes; por ejemplo, la soprano Nancy Maultsby, que interpretó el monólogo de Yocasta con todas las resonancias verdianas. O Robert Swensen, un tenor de voz frágil y de excelentes condiciones mediáticas.

El rendimiento de la orquesta fue mejorando a medida que avanzaba la velada. No puede decirse que el maestro Gabrielle Ferro sea un consumado especialista en el repertorio de Igor Stravinsky, pero la lectura del «Edipo rey» se atuvo a los principios de la eficacia y de la dignidad. «Perséfone», por el contrario, no resultó tan convincente, quizá porque la paleta musical está menos definida que en «Edipo rey» y porque la ópera requiere, sin lugar a dudas, un experto en esfumaciones, matices, detalles, tensiones y dinámicas.

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