19 de mayo 2006 - 00:00

Japón y otra forma de ser espectador

A principios de la década de los '80, William Gibson, el autor de la novela «Neuromante», se inspiró para su trabajo en las salas de video-juegos y en las hipertecnificadas ciudades japonesas, ofreciendo desde sus páginas una estética y una terminología -por ejemplo, la palabra «ciberespacio»- que se harían carne en el nuevo milenio. Los paradigmas del cyberpunk funcionan como una especie de «fantasma semiótico» que modela la realidad mediática y por eso no es extraño que existan, en las principales urbes niponas, locales que ofrecen auténticas «cabinas de inmersión», cubículos equipados con lo mejor de la tecnología actual para que sus usuarios puedan disfrutar de los mejores DVD, utilizar Internet a velocidades extremas, leer historietas o libros, mirar televisión satelital, jugar con una consola PlayStation y hasta pasar la noche.

Los denominados Gran Cyber Cafés son la lógica evolución de los hoy popularizados locutorios, tamizados por el extremismo tecnófilo de los japoneses, quienes los utilizan como una manera efectiva de combatir el tedio y el stress que les produce la rutina diaria. Y lo que es más importante todavía: obtener, aunque sea por un tiempo limitado, una sensación de intimidad y privacidad, un bien prácticamente inhallable en las populosas ciudades japonesas.

En estos locales hay que registrarse como en un hotel y por el valor de diez dólares se pueden utilizar los servicios que se ofrecen, incluyendo todo tipo de medios y géneros que van desde los diarios y revistas de actualidad hasta la pornografía más dura, y en todos los soportes imaginables. El interior de los negocios parecen boxes de oficinas, con paredes bajas pero con puertas, para crear la ilusión de aislamiento, y como contemplan la posibilidad de pernoctar, en algunos casos hasta comercializan cepillos de dientes y ropa interior.

Cada local, en Japón, recibe aproximadamente a unos 5.000 de estos nuevos consumidores de entretenimiento, cuyas costumbres, intereses y relación con lo cultural dista muchísimo de las clásicas colas para ver un estreno cinematográfico. Con Isshow, un escritor especializado en cultura joven de su país natal, explica: «Las normas sociales dejan de existir en este tipo de locales. La identidad puede fluir y se concurre a ellos justamente para dejar de ser uno mismo, para perderse a uno mismo. Perder tu nombre, tu posición, tu orgullo.» La cultura del «no lugar» que parece ser el destino inevitable de la industria del entretenimiento.

Horacio Moreno

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