21 de marzo 2005 - 00:00

Jewison: "No vi ninguna de las remakes sobre mis films"

Norman Jewison: «A la semana exacta de haber filmado mi primera película en los estudios Universal me sacaron mi lugar en el estacionamiento. Ahí entendí que en Hollywood quien hace la película es el productor».
Norman Jewison: «A la semana exacta de haber filmado mi primera película en los estudios Universal me sacaron mi lugar en el estacionamiento. Ahí entendí que en Hollywood quien hace la película es el productor».
Mar del Plata (Enviado especial) - Entre lo mejor del festival marplatense, estuvieron las anécdotas del veterano maestro de origen canadiense, el director Norman Jewison. Veamos algunas.

Periodista:
Ultimamente le vienen haciendo varias remakes de sus películas.

Norman Jewison: Las hicieron de «Rollerball» y «El affaire de Thomas Crown», y dicen que son homenajes pero yo todavía no me he muerto. Le digo la verdad: no me animé a verlas. «El affaire...» es una de mis películas donde el estilo supera al contenido. Y esa escena donde Steve MacQueen y Faye Dunaway juegan al ajedrez. El guión sólo decía «Ajedrez y sexo». Ellos lo hicieron. El le pregunta «¿Juegas?» «Ponme a prueba». Lo que sigue, el modo en que se miran, en que ella mueve una pieza, todo eso va sin un solo diálogo. Hasta que él ya no da más, la quiere acorrarlar, y le dice «Juguemos a otra cosa». Evidentemente, el ajedrez también puede ser excitante.


P.:
¿Qué recuerdos tiene de su primera película?

N.J.: La dirigí en la Universal. A la semana exacta de haber terminado el rodaje me sacaron mi lugar de estacionamiento. Ahí entendí que en Hollywood quien hace la película es el productor. Recién pude meterme un poco con el guión cuando hice «Adiós ilusiones» («The Cincinatti Kid»), con Steve McQueen, Edward G. Robinson y Ann Margret. Pero cada vez que aparecía el productor yo me metía en el baño. Temía que me hiciera cambiar algo.


P.:
¿Por eso hay tantos productores-directores?

N.J.: Un día Billy Wilder me recomendó pasar a esa categoría, como lo era él en ese momento. «Así el director retiene el dominio sobre la parte creativa. Y el único trabajo del productor, es contratar al director más adecuado, que para el caso es uno mismo». Sabio consejo, siempre que también tenga a mi lado un contador duro, que me prohiba gastar más de la cuenta.Yo siempre aprendí de los maestros, salvo una costumbre de Alfred Hitchcock, que cuando un actor le preguntaba por qué debía hacer tal cosa en tal escena, le respondía «Porque le estamos pagando tantos dólares por semana».


P.:
¿Y gastó mucho siendo productor?

N.J.: Nunca me preocupé de los costos hasta que llevé a todo el equipo y gran parte del elenco hasta Yugoslavia, para rodar los exteriores de «El violinista en el tejado». Debíamos hacer una escena donde cae la nieve. Era invierno, estábamos en un lugar famoso por las nevadas. ¡Pero pasaron dos semanas y estábamos ahí sentados, viendo crecer las flores! Ahí empecé a preocuparme por los costos. Y nos fuimos a los Estudios Pinewood. Pero después la première en Londres fue un éxito absoluto, en la de Jerusalem estuvo Golda Meir, en NuevaYork hizo mucha plata, y hasta mi contador se olvidó de aquellos días aburridos sin nieve en Yugoslavia.

P.:
Usted, en la época de la guerra fría, hizo humor con el tema y hasta viajó a Rusia.

N.J.: En 1965 hice «¡Ahí vienen los rusos! ¡Ahí vienen los rusos!», una comedia donde un submarino ruso encalla en una isla norteamericana. La hice para reirme un poco de la paranoia que había en los EE.UU., cuando parecía que había un comunista bajo la silla de cada buen americano. Y la hice para ambos pueblos.Antes del estreno la vió el embajador ruso, le gustó, e hizo que me invitaran al festival de Moscú. Entonces nadie podía cruzar fácilmente la Cortina de Hierro. Debí ir a Londres, un día golpean la puerta de mi pieza de hotel, aparece un petiso diciéndome «¡Pasoporto!», y al otro día estaba volando a Rusia. Cuando volví, me agarraron los de Inmigraciones. «¿Qué hizo en Rusia?», «Fui a mostrar una película», «¿Cómo se llama?», «¡Ahí vienen los rusos!». ¡No me querían dejar entrar! «Pero mi familia está en California». «No nos importa». La verdad que me las ví negras.

P.: Hablando de negras, su cine también fue pionero en condenar el racismo norteamericano.

N.J.:Yo estuve en la Segunda Guerra Mundial.Vi morir mucha gente, incluyendo muchos soldados norteamericanosnegros. En 1946, cuando me dieron de baja, quise recorrer Estados Unidos. A los canadienses nos gusta saber mucho de los EE.UU. En mi recorrida, tomé un autobús en Tennessee. Hacía calor, de modo que me fui al fondo para abrír una ventanilla. Casi inmediatamente el conductor se detuvo y me miró con odio. «¿Quiere hacerse el gracioso? En el fondo solo viajan los negros». Yo no podía creerlo. Nunca olvidé eso. Ahora hagamos un fundido hasta 1966, año en que hubo muchos problemas sociales. Revueltas de negros contra blancos, gente que se mataba, ciudades quemadas. Esto se ha olvidado. Justo entonces me ofrecieron hacer «Al calor de la noche», sobre un detective negro, Sydney Poitier, y su relación con un policía blanco que debe obedecerlo, Rod Steiger. No estaba decidido. Pero me crucé con Robert Kennedy. «¿A qué te dedicas?» «Hago cine» y le conté acerca de este proyecto. «Esta es una película muy importante, Norman. El momento lo dice todo. Debes hacerla». Eso me decidió.


P.:
Y terminó ganando el Oscar.

N. J.: «Al calor de la noche» fue un éxito mundial, y tuvimos seis Oscars, pero cobró verdadera importancia en 1967, cuando mataron a Martin Luther King. Recién entonces los cines de los Estados del Sur se decidieron a exhibirla. Recuerdo aquel entierro, yo marchando entre Harry Belafonte y Quincy Jones, ante las miradas pendencieras de los blancos del sur. ¡Cómo han cambiado las cosas! Hacemos un nuevo fundido, y ahora tenemos a Condoleeza Rice.


P.S.

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