José Cura: "Me vendieron como tenor sex symbol pero sobreviví"

Espectáculos

Hay un único motivo que nubla el buen humor de Sansón a la mañana: amaneció con un resfrío incipiente, algo que para un tenor de fama mundial (para cualquier cantante, en realidad), es algo aterrador. «Lo controlaremos», intenta sonreír. José Cura, el rosarino internacional, ocupa desde hace una década y media el lugar que va abandonando de a poco el linaje de Domingo, Carreras y Pavarotti. Después de ocho años de ausencia de la Argentina, Cura está representando uno de sus caballitos de batalla, el «Samson et Dalila» de Camille Saint-Saëns en la temporada del Colón en el Coliseo, teatro al que atribuyó, justamente, su malestar matutino. «Hace frío en el escenario, demasiado, y creo que me pesqué el resfrío allí. La gente del coro por lo menos puede envolverse con su vestuario pesado, pero yo tengo que salir en camisita».

Habitante de Madrid desde hace varios años («creo que España es el país europeo con mejor calidad de vida, mejor comida y clima. No soportaría, por ejemplo, vivir en un país frío»), Cura ya acusa, en su pausada manera de hablar, un ligero acento hispánico. Desde el piso 16 del hotel Panamericano, donde se aloja durante su permanencia en Buenos Aires, se divisa el Obelisco y el Teatro Colón. Recuerda, al iniciar el diálogo con este diario, su visita en 1999, cuando cantó un «Otelo» que dividió a la crítica. Y también valora el hecho de que Ambito Financiero fue el primer diario, a nivel nacional, que le publicó un amplio reportaje en 1993, cuando pocos lo conocían.

«La crítica que Abel López Iturbe publicó en Ambito de mi 'Otelo' fue la única inteligente. Los demás estaban esperando mi «grito» en Otelo, y se sintieron decepcionados, pero López Iturbe fue el único crítico que oyó otra cosa, y lo escribió muy bien. Ya pasaron ocho años, y este tiempo en la vida de un artista como yo, que hace cien funciones por año, es decir, ochocientas funciones desde aquel «Otelo» hasta hoy, es mucho. Mi Otelo ya no es el mismo, por supuesto que hoy lo canto con más autoridad. Hay una enorme diferencia entre aquel muchacho y el artista maduro de ahora. Por eso, mirando en retrospectiva, dividiría aquellas críticas de 1999 entre las agresivas, las dudosas y las observadoras, y la de Ambito entra en esta última categoría.»

Periodista: ¿Volvería a hacerlo acá?

José Cura:
No, no en el Colón. Nunca se trae un mismo papel al mismo teatro. Por suerte, la crítica de este «Sanson et Dalila» fue unánimemente positiva, porque creo que he dado el motivo para que así lo fuera. Si en 1999 el motivo había que vislumbrarlo, ahora está presente.

P.: ¿Escucha sus discos de entonces?

J.C.:
Jamás. Creo que el artista que escucha sus discos se parece a esos estúpidos que se pasan todo el día mirándose al espejo. Además, soy muy crítico, y si me la pasara mirándome al espejo me vería cada vez más feo.

P.: ¿Cómo elige ahora sus papeles?

J.C.:
Elijo aquellos con los que sé que no voy a quedar empantanado. El cantante «todo terreno» no existe, como tampoco existe entre los coches que presumen serlo, ya que si circulan por una ciudad chocarían en todas partes. Y esa elección sólo es posible con experiencia y conocimiento de uno mismo, del circuito internacional, etc. No hay una elección que esté directamente vinculada con un gusto por tal papel, sino con la posibilidad de poder decir algo nuevo con él. Lo excluyente es que también posean interés dramático, si no no me interesa.

P.: Nada de lucimiento vocal exclusivo...

J.C.:
Nada de eso. Nunca me interesó subir a un escenario para cantar notas lindas, ni antes ni ahora, pese a haber adquirido autoridad técnica. Me aburre la belleza por la belleza misma.

P.: El público del siglo XXI también demanda eso.

J.C.: No siempre. La belleza por la belleza misma siempre atrae, aunque yo estoy seguro de que termina por aburrir. Y eso aplicado en todos los órdenes. Una mujer o un hombre muy bellos, parados en la vidriera, dejan de interesar a la segunda vez que uno pasa por ahí. La belleza es unidimensional. Como la fealdad. Hoy, por ejemplo, se insiste mucho en que no hay voces nuevas, pero eso no es cierto. Lo que no surgen son personas carismáticas. Creo que la famosa globalización, lejos de unir fronteras, disuelve y aplasta personalidades. Todo tiende a unificarse, a asimilarse, a ser igual. El merchandising va hacia el mismo lado, las tapas de los discos se parecen unas a otras, hasta la música empieza a sonar parecida.

P.: Pero hoy se cuenta con muchos recursos técnicos de los que no se disponía antes.

J.C.: Es verdad, hemos crecido muchísimo en capacidad técnica. Los medios de los que se dispone hoy, en todos los órdenes, son asombrosos, pero parecen haberse desarrollado a expensas de la personalidad, de la capacidad de transmitir a través del carisma. Antes uno iba a comprar un disco y el vendedor lo asesoraba, dialogaba de música. Hoy, los CDs y los DVDs se exponen en góndolas, igual que los chorizos. Las discográficas pagan a los grandes malls y cadenas de venta para que sus productos ocupen determinado lugar de privilegio en la góndola. Eso no es ilegal, desde luego, se compra un lugar como se compra un disco. Pero eso, por ejemplo, inhibe la capacidad del viejo vendedor de música, que ponía a la vista aquellas grabaciones que creía las mejores.

P.: Usted también atravesó el mercado.

J.C.:
Por supuesto, pero tanto yo como algunos otros pocos artistas de mi generación, que aún seguimos en pie, hemos sobrevivido a todo eso, y ya estamos más allá del bien y del mal. Ya somos quienes somos, tenemos calendarios completos pero, desgraciadamente, quienes nos suceden no la están pasando bien. Casi no hay ninguno que atraviese la línea de fuego. Los tiran de golpe al supermercado, venden un par de paquetes de chorizos, y si ya no venden el tercero los descartan.

P.: ¿Cómo fue en su caso?

J.C.:
Yo fui pionero en esto. Cuando empecé mi carrera internacional, el marketing que se aplicó sobre mí fue una de las primeras grandes operaciones de mercado que se valieron no sólo de mi voz sino también de mi imagen. Se habló del «sex symbol» de la ópera y tonterías como esa que distrajeron a la gente.

P.: Pero a usted no lo perjudicó.

J.C.:
No, pero generó muchas confusiones que me fastidiaron. Se llegó a hablar del «nuevo talento» que surgió «de la noche a la mañana», pese a que yo me subí por primera vez a un escenario a los 12 años. Pero, claro, trataron de venderme como si yo hubiese ganado en «Operación triunfo» o «Cantando por un sueño». Por suerte mi background, mi preparación anterior, hicieron que yo resistiera ese vapuleo tremendo, y ahora, ya ajeno a todo esto, me propongo seguir conduciendo bien mi carrera, y tratar de tirar de la cuerda para arrastrar a algunos más jóvenes. Pero, desgraciadamente, cada vez que uno trata de tirar de la cuerda se rompe, porque los nuevos tienen una presión mucho más fuerte que la que tuvimos nosotros, y una preparación técnica menor.

P.: ¿Los nuevos quieren ser estrellas instantáneas?

J.C.: No, no son ellos. Cuando usted habla con ellos se da cuenta de que son muy concientes del trabajo que tienen por delante y de las dificultades que deben superar. Es el sistema comercial el que los quiere lanzar enseguida para encontrar un nuevo filón de ingresos, y sin la preparación técnica necesaria.

P.: ¿Cómo encontró a sus colegas del Colón?

J.C.: Le diría que bien, aunque estuve poco tiempo como para hacer una evaluación. Aquí, como decía un viejo maestro de canto, se suda mucho la camiseta. Eso no quiere decir que los que nos fuimos no la sudemos pero, claro, los resultados que se obtienen no son los mismos. Lo que sí he advertido es que con la nueva gestión en el teatro hay una cuota de optimismo que nunca percibí antes. Saben que tienen que pelearla, pero que algo puede lograrse. En cambio, cuando vine en 1999, era sólo pelea. Ahora los los cantantes y la gente de la orquesta no ignoran que todo es difícil, pero su actidud es distinta. Nunca me he callado nada, por eso digo que la actual dirección del Colón es la más positiva de los últimos 25 ó 30 años. No me quiero meter en política, hablo sólo como un observador que conoce íntimamente al Colón desde 1983, y me parece que si el nuevo jefe de gobierno hace cambios y empieza todo desde cero otra vez, el futuro se volverá muy incierto.

P.: Ya ha dicho que no vendrá para el Centenario.

J.C.: Desgraciadamente, es imposible. Apenas asumió Marcelo Lombardero como director artístico, lo primero que hizo fue comunicarse conmigo para ofrecerme el Radamés de «Aida» para la función de reapertura. Pero yo tengo un contrato que termina tres días antes de esa fecha, y otro que inicia cuatro días después. Si la Argentina estuviera, digamos, a dos horas de avión, yo podría hacer con todo gusto el esfuerzo y cantar al menos la función inaugural.

Entrevista de Marcelo Zapata

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