10 de junio 2002 - 00:00

La Argentina tampoco cumple con UNESCO

TEATRO

Mientras en la próspera Unión Europea, Canadá o EE.UU. aumenta el afán de preservar los bienes patrimoniales y resguardarlo todo, al punto de cuestionarse cuál es el límite del atesoramiento, en la Argentina sin recursos económicos de hoy, como en un incendio, sólo queda preguntarse qué es realmente importante, para tratar de que no se pierda o degrade para siempre.

Mientras en países como Francia o España, los edificios públicos que más se construyen son museos y se protege el patrimonio fabril, barrial, rural, religioso y hasta el paisaje que lo rodea, en la Argentina hasta los bienes incluidos en el listado del Patrimonio Mundial de la UNESCO corren el riesgo de que les retiren la nominación.

Un ejemplo son los conjuntos jesuíticos de San Ignacio y Santa Ana en Misiones, que en 1984 ingresaron a la lista del patrimonio mundial y ahora pueden perder ese rango. Las razones que esgrime la UNESCO son atendibles. Aducen que mientras el organismo destinaba 50.000 dólares para realizar un estudio de consolidación del terreno, la poderosa voz de Jairo hacía temblar las piedras seculares, los pelotazos de un equipo de futbolistas locales arrasaban la huerta de los jesuitas y se acopiaba yerba mate en los tinglados históricos. En la sociedad de bienestar, el interés por el cuidado del patrimonio que tuvo como distinguidos pioneros a André Malraux en la agredida Europa de la posguerra y a Jacqueline Kennedy en la América progresista, se extendió durante la década del '80 a niveles masivos.

• Deterioro

En México, el presupuesto que destina el gobierno al cuidado del patrimonio asciende a 120 millones de dólares y otros 70 millones aportan los patrocinantes privados. En Argentina, para desesperación de los mexicanos, el mural que pintó Siqueiros en 1933 continúa deteriorándose irreversiblemente en cuatro containers abandonados desde hace una década en una playa de grúas de San Justo, pese a que ellos ofrecen restaurarlo gratuitamente. Para México su arte, sus ruinas y sus murales en especial, además de ser motivo de orgullo, son una fuente de recursos que a nadie se le ocurriría destruir.

Lejos de eso, en nuestro país se da la paradoja de que la autoridad máxima en preservación, la presidenta de la Comisión de Monumentos Históricos, Liliana Barela, argumentó en contra de la declaración del mural como bien patrimonial, dijo que no pudo acceder a los containers y comprobar el estado de la obra. Actitud incomprensible si se tiene en cuenta que la profusa documentación fotográfica existente permite realizar cualquier evaluación y que el Congreso sancionó en diciembre pasado una ley que declaró que el mural formaba parte del patrimonio argentino. Pero existe un dato aún más llamativo: el desinterés manifiesto del presidente Duhalde por el arte, o por esta obra de arte en especial, pues como si se tratase de una imperiosa razón de Estado, en medio del mayor caos político, social y económico de nuestra historia, el 4 de enero de este año, se ocupó personalmente de vetar la ley que declaraba patrimonio el mural.

Así, la última página de un legajo que demanda meses para revisar, ostenta las firmas de
Duhalde y sus más cercanos colaboradores de entonces, los ministros Capitanich y Gabrielli, vetando la nominación. Consideran que «no se ha podido constatar el estado, que tal verificación resulta esencial para el dictado de una medida que lo declare de interés histórico, artístico nacional (...), que deviene de suma importancia para determinar las necesidades que requeriría su conservación y eventual restauración, permitiendo fijar la entidad de los gastos y previsión presupuestaria. (...) Y que el presidente decreta, obsérvese el proyecto de ley registrado y devuélvase al Honorable Congreso de la Nación».

Pero aquí no acaba el asunto. Consultado el actual subsecretario de Cultura,
Rodrigo Cañete, sobre el destino del mural, va más allá de impulsar la nominación y dice sin reparos que es partidario de expropiarlo. Claro que el costo y los intereses del mercado son datos insoslayables. La curadora Mari Carmen Ramírez del poderoso Museum of Fine Arts de Houston, le expresó a este diario su intención de comprar la obra de Siqueiros.

Al respecto,
Cañete observa la necesidad de contar con un presupuesto destinado a la preservación. «De nada sirve hablar si no existen recursos que sustenten las políticas. La idea es crear un fondo con impuestos al turismo» -señala. « La devolución del IVA a los visitantes extranjeros bien puede dejar un porcentaje para el patrimonio. En Nueva York y Brasil los hoteles cobran un gravamen por noche que se destina a controlar los efectos del turismo, que cuando se descontrola arrasa con todo».

El subsecretario reconoce sin embargo que la Comisión de Patrimonio (actual escenario de diversas pujas políticas),
«debe ser fortalecida y profesionalizada, para que puede convertirse en unidad ejecutora de proyectos internacionales».

En la Argentina de la devaluación recién comienza a despuntar el interés por el cuidado patrimonial, porque nunca se lo consideró un recurso generador de divisas, ni siquiera como algo que podría agregar encanto a la vida. En un país donde, como observó
Martínez Estrada, se arranca lo propio para plantar lo ajeno, se suelen confundir los pastiches arquitectónicos de fin y principio de siglo, cuyas volutas deberán pueden esperar tiempos mejores para el dorado a la hoja, o los eventos efímeros que deparan rating, con los verdaderos bienes patrimoniales, cuya degradación y pérdida afecta el honor nacional.

«¿Cómo pretenden que la gente cuide nuestros monumentos cuando el acto del Cabildo en conmemoración de la fiesta de Mayo estuvo desierto? ¿Cómo esperan que venga el turismo, si no le interesa al presidente o el secretario de Cultura?
», cuestiona un miembro de la Comisión. Agrega que el 25 de mayo en el Cabildo habían preparado vinos y empanadas que nadie comió, y que a las apuradas se pintó y cubrió el barro del patio colonial con un piso de cemento, pues no tenían dinero para las lajas.

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