2 de abril 2002 - 00:00

La Bienal paulista celebró los 50 con récord de público

Pintura del estadounidense Jeff Koons
Pintura del estadounidense Jeff Koons
Con la participación de 190 artistas de 70 países, la Bienal de San Pablo -creada por el industrial y conocedor de las artes Chichilo Matarazzo, después de la Segunda Guerra-, celebra sus 50 años. Y el público acompañó: sólo el día de la inauguración (a la que asistieron su presidente, el arquitecto Carlos Bratke, el ministro de Cultura, Francisco Weffort y el curador general, Alfons Hug) hubo un récord de 20 mil personas, cifra que superó ampliamente la concurrencia de la década de los años '90, que no pasaba de los 10 mil asistentes.

La muestra, que presentó un completo panorama del Arte de Brasil, fue inaugurada por el presidente Henrique Cardoso. Muchas de las obras brasileñas que pudimos ver, son de su colección.

Durante tres horas, el día posterior a la inauguración, la artista Vanessa Beecroft, presentó la performance «VB50» - por el aniversario de la Bienal-, y convocó a más de 6 mil personas. El curador fue Julián Zugazagoitía, del Museo Guggenheim. Un grupo de 50 mujeres desnudas -la mayoría de las cuales eran negras o tenían el cuerpo pintado de color oliva-, estaban distribuidas como las piezas de un tablero de ajedrez, y después del ingreso del público, comenzaron a moverse muy despacio. «Es el trabajo más político de la artista, que resaltó la herencia africana en el Brasil y cuestionó la supuesta armonía racial en este país», dijo Alfons Hug.

El interés de Raquel Schwartz, que representó a Bolivia con una alegórica ciudad-prisión, se centra en los sectores más pobres de la población rural, que buscan soluciones mágicas a sus dramáticos problemas. Actitud que reiteran cuando se trasladan a las grandes urbes.

Entre los representantes nacionales se destacó la norteamericana Kara Walker (1970). Su obra «Esclavitud-esclavitud», exhibe personajes -en siluetas negras -, de las plantaciones del sur de EE.UU., que la artista inventa sobre narraciones, novelas y cuentos acerca de los esclavos del siglo XIX.

El conjunto de pinturas del estadounidense Jeff Koons, que ha cambiado la forma de su expresión, es lo mejor de su carrera. El título, «Divertido etéreo», corresponde a las imágenes coloridas tomadas de revistas, catálogos y fotos personales. Un collage de imágenes electrónicas superpuestas por una computadora y después transformadas en pinturas tradicionales al óleo. El artista canadiense Stan Douglas presenta el video «El salario del miedo», (basado en el film homónimo), en el que reflexiona sobre el proceso de la globalización.

Una de las obras importantes de la Bienal es la instalación de cinco proyecciones de video de la inglesa
Willie Doherty, que se propone un desafío a los espectadores: deben ir construyendo, a través de las imágenes, los significados de su mensaje. Uno de sus temas preferidos es la violencia cotidiana de nuestras ciudades.

Por su parte,
Carlos Bratke, aunque muy satisfecho con la presentación de todo el evento que preside, está particularmente feliz con las fotografías de Andreas Gursky, el artista alemán premiado en nuestra Primera Bienal de Arte de Buenos Aires en diciembre de 2000. Sus imágenes muestran las relaciones entre el ser humano, la arquitectura, la ciudad y la tecnología. Por eso, además de ser magníficas, se incorporan como pocas a esta XXV Bienal.

Son interesantes las piezas que conforman la instalación
«Chuva» de Luis Peláez (Colombia). También se destacan las pinturas de Chéri Samba (Congo) que mezcla reiteradamente la imagen de Picasso con la suya propia, proponiéndose a sí mismo como artista popular. Gustaron mucho las ocho grandes fotografías presentadas por el coreano Ata Kim. Un creador que quiere redefinir a los museos, y convertirlos en lugares privados; y a través de sus fotos de monjes desnudos o veteranos de guerra, convertirse en mediador de la vida cotidiana y los nuevos horizontes frescos que abre el mundo del arte.

•Brodsky

Para nosotros, la mejor obra de la Bienal es la del arquitecto ruso Alexander Brodsky que creemos, debería verse en Buenos Aires. Son containers oxidados con mirillas de cárceles, que permiten ver extensas ciudades interconectadas. Brodsky plantea espacialmente ideas de Joseph Beuys como lo teatral y la ironía, narrando el clima de nuestras ciudades. Esta memoria profesional del arquitecto ruso -que paradójicamente no figura en los catálogos de la Bienal-, lo lleva a que sus containers se erijan como un monumento a la gente, un memorial lleno de los misteriosos signos que materializan nuestra cultura contemporánea.

El japonés
Kimio Tsuchiya, con su obra «Después del diluvio», quiere recordar una serie de catástrofes como el terremoto en Hanshine, la explosión de gas en Tokio y el atentado del 11 de setiembre a las Torres Gemelas.

Entre los brasileños se destacan las instalaciones de
José Rufino que mostró un sudario de «cuerpo ausente», en memoria de los desaparecido políticos durante la dictadura brasileña. También llamaban la atención los enormes conos de madera (objetos de aproximadamente 700 kilos y 2.60 metros de diámetro) de Eduardo Frota. El fotógrafo carioca Arthur Omar, de quien habíamos visto sus fotos del Amazonas, expone 30 imágenes de Afganistán, después de haber viajado por ese país durante un mes.

«Cry me a river»
, es una excelente instalación de la brasileña, Lina Kim. Con camisas de fuerza de hospitales psiquiátricos, baldes para recoger la basura, espejos y lámparas, se refiere al colapso ético y social de la sociedad contemporánea. Nelson Leirner, un artista que también expuso en el Museo de Bellas Artes en varias oportunidades, estuvo en las Salas Especiales pero creemos que su obra no coincide con el espíritu de la Bienal. La mesa de ping pong en acrílico transparente, no alcanzaba a explicitar su idea, que representaba más bien a los '70. Con relación a la participación brasileña, los argentinos tenemos algo que aprender: el curador Agnaldo Farías invitó a demasiados artistas de su país.

Marco Maggi
(Uruguay), seleccionado por el director del Museo de Artes Visuales de Montevideo Angel Kalenberg, presenta «Miopía Global», una obra con archivos en materiales precarios, papeles, marcos de diapositivas, azulejos, en los que «teje» un texto, pero sin ninguna intención informativa, en una clara alusión crítica a un tiempo en el que se conoce más y se entiende menos.

La instalación de
Gal Weinstein (Israel), con maderas y telas, llamada «Techo», (en hebreo se traduce como gag), engloba al hábitat humano. Las fotos en blanco y negro de Jesús Ruiz Nestosa exponen el paisaje urbano de Asunción. Fueron tomadas los domingos por la mañana para transmitir el clima de soledad que el artista se proponía capturar.

También queremos mencionar la participación del francés
Jean-Luc Moulène que presenta una interesante obra mediática, con fotografías y una sección especial de un diario. No entendimos la propuesta aparentemente social del artista chileno Pablo Rivera, presentado por el conocido crítico Justo Pastor Mellado.

La presencia de Dinamarca fue también muy pobre, pese a la acalorada defensa de la curadora
Dorthe Abildgaard. Mostró una «instalación para una prisión», «Estructuras de Poder». Pero lamentablemente las representaciones de Michael Elmgreen e Ingar Dragset están demasiado inspiradas en las obras del Grupo Site (James Wines), que utilizaron las mismas imágenes para unos veinte supermercados, en el área de Los Angeles.

La idea de
Hug de mostrar el espíritu de la época a través de doce ciudades en «Iconografías Urbanas», no funcionó y menos la metrópolis ideal o soñada, privilegiada por el curador. Sin embargo, si bien no se cumplió su propuesta, esta edición es una de las mejores que hemos visto en los últimos años y tiene un aire de frescura que no fue posible percibir en las anteriores.

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