2 de abril 2002 - 00:00
La Bienal paulista celebró los 50 con récord de público
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Relatos de objetos que evocan infancias marcadas por la dictadura
Pintura del estadounidense Jeff Koons
Una de las obras importantes de la Bienal es la instalación de cinco proyecciones de video de la inglesa Willie Doherty, que se propone un desafío a los espectadores: deben ir construyendo, a través de las imágenes, los significados de su mensaje. Uno de sus temas preferidos es la violencia cotidiana de nuestras ciudades.
Por su parte, Carlos Bratke, aunque muy satisfecho con la presentación de todo el evento que preside, está particularmente feliz con las fotografías de Andreas Gursky, el artista alemán premiado en nuestra Primera Bienal de Arte de Buenos Aires en diciembre de 2000. Sus imágenes muestran las relaciones entre el ser humano, la arquitectura, la ciudad y la tecnología. Por eso, además de ser magníficas, se incorporan como pocas a esta XXV Bienal.
Son interesantes las piezas que conforman la instalación «Chuva» de Luis Peláez (Colombia). También se destacan las pinturas de Chéri Samba (Congo) que mezcla reiteradamente la imagen de Picasso con la suya propia, proponiéndose a sí mismo como artista popular. Gustaron mucho las ocho grandes fotografías presentadas por el coreano Ata Kim. Un creador que quiere redefinir a los museos, y convertirlos en lugares privados; y a través de sus fotos de monjes desnudos o veteranos de guerra, convertirse en mediador de la vida cotidiana y los nuevos horizontes frescos que abre el mundo del arte.
•Brodsky
Para nosotros, la mejor obra de la Bienal es la del arquitecto ruso Alexander Brodsky que creemos, debería verse en Buenos Aires. Son containers oxidados con mirillas de cárceles, que permiten ver extensas ciudades interconectadas. Brodsky plantea espacialmente ideas de Joseph Beuys como lo teatral y la ironía, narrando el clima de nuestras ciudades. Esta memoria profesional del arquitecto ruso -que paradójicamente no figura en los catálogos de la Bienal-, lo lleva a que sus containers se erijan como un monumento a la gente, un memorial lleno de los misteriosos signos que materializan nuestra cultura contemporánea.
El japonés Kimio Tsuchiya, con su obra «Después del diluvio», quiere recordar una serie de catástrofes como el terremoto en Hanshine, la explosión de gas en Tokio y el atentado del 11 de setiembre a las Torres Gemelas.
Entre los brasileños se destacan las instalaciones de José Rufino que mostró un sudario de «cuerpo ausente», en memoria de los desaparecido políticos durante la dictadura brasileña. También llamaban la atención los enormes conos de madera (objetos de aproximadamente 700 kilos y 2.60 metros de diámetro) de Eduardo Frota. El fotógrafo carioca Arthur Omar, de quien habíamos visto sus fotos del Amazonas, expone 30 imágenes de Afganistán, después de haber viajado por ese país durante un mes.
«Cry me a river», es una excelente instalación de la brasileña, Lina Kim. Con camisas de fuerza de hospitales psiquiátricos, baldes para recoger la basura, espejos y lámparas, se refiere al colapso ético y social de la sociedad contemporánea. Nelson Leirner, un artista que también expuso en el Museo de Bellas Artes en varias oportunidades, estuvo en las Salas Especiales pero creemos que su obra no coincide con el espíritu de la Bienal. La mesa de ping pong en acrílico transparente, no alcanzaba a explicitar su idea, que representaba más bien a los '70. Con relación a la participación brasileña, los argentinos tenemos algo que aprender: el curador Agnaldo Farías invitó a demasiados artistas de su país.
Marco Maggi (Uruguay), seleccionado por el director del Museo de Artes Visuales de Montevideo Angel Kalenberg, presenta «Miopía Global», una obra con archivos en materiales precarios, papeles, marcos de diapositivas, azulejos, en los que «teje» un texto, pero sin ninguna intención informativa, en una clara alusión crítica a un tiempo en el que se conoce más y se entiende menos.
La instalación de Gal Weinstein (Israel), con maderas y telas, llamada «Techo», (en hebreo se traduce como gag), engloba al hábitat humano. Las fotos en blanco y negro de Jesús Ruiz Nestosa exponen el paisaje urbano de Asunción. Fueron tomadas los domingos por la mañana para transmitir el clima de soledad que el artista se proponía capturar.
También queremos mencionar la participación del francés Jean-Luc Moulène que presenta una interesante obra mediática, con fotografías y una sección especial de un diario. No entendimos la propuesta aparentemente social del artista chileno Pablo Rivera, presentado por el conocido crítico Justo Pastor Mellado.
La presencia de Dinamarca fue también muy pobre, pese a la acalorada defensa de la curadora Dorthe Abildgaard. Mostró una «instalación para una prisión», «Estructuras de Poder». Pero lamentablemente las representaciones de Michael Elmgreen e Ingar Dragset están demasiado inspiradas en las obras del Grupo Site (James Wines), que utilizaron las mismas imágenes para unos veinte supermercados, en el área de Los Angeles.
La idea de Hug de mostrar el espíritu de la época a través de doce ciudades en «Iconografías Urbanas», no funcionó y menos la metrópolis ideal o soñada, privilegiada por el curador. Sin embargo, si bien no se cumplió su propuesta, esta edición es una de las mejores que hemos visto en los últimos años y tiene un aire de frescura que no fue posible percibir en las anteriores.




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