11 de octubre 2005 - 00:00

La cara oculta de Leonardo

Madrid - En «Leonardo, el vuelo de la mente», publicado en español por la editorial Taurus, Charles Nicholl muestra la cara oculta del genio, la del ser humano con sus pasiones y tribulaciones. Una biografía que resitúa su figura, tras alguna aventura literaria empeñada en crear enigmas que nunca existieron.

Conocido por Rimbaud en Africa, Nicholl comenzó a interesarse por Leonardo al trasladar su residencia a Italia: «Cuando vives en el mismo paisaje no puedes sustraerte», dice. Comenzó así una labor detectivesca empeñada en la búsqueda del hombre, en aproximarse al ser humano que hay detrás del genio a través de su entorno, de su familia, de sus amigos, de sus discípulos, de sus manuscritos, incluso de los detalles más nimios, como el modo en que administraba las cuentas o lo que compraba para comer.

«Leonardo
-explica Nicholl- era un hombre lleno de dudas, de incertidumbres sobre sí mismo, que constituyen un aspecto muy importante en su creación. Era un hombre que se interesaba por todo y que cuestionaba todo y ésa fue su gran cualidad». En su biografía, Nicholl busca mostrar qué hay debajo de la máscara. «Hay dos factores que conforman su biografía. El primero, su condición de hijo ilegítimo. El segundo, su homosexualidad. Ambos lo marginan y lo llevan a desarrollar una vida independiente. Existe en él un sentido de no pertenencia, de marginalidad, que le hace sentirse como un forastero y que está en la esencia de sus logros».

El autor lo describe como un hombre muy cercano a la naturaleza, interesado por multitud de cosas. En muchos aspectos su formación es autodidacta: «Así, Leonardo descubrirá la escritura cumplidos los 30 años». Nicholl acepta que todos los genios tienen misterios: «En su biografía hay aspectos oscuros, pero no lo imagino formando parte de una sociedad secreta».

El autor destaca su enorme capacidad de trabajo. «Para él, el trabajo era lo más importante, por delante de las personas». El libro identifica diferentes momentos que marcan su biografía: «El primero será su llegada a Florencia con apenas 14 años. Allí trabajará con Verrochio y vivirá la competencia entre los artistas de la época. Ya con treinta años marchará a Milán, donde se encontrará más a gusto a las órdenes del duque de Milán en una sociedad más tradicional, menos democrática, más feudal». El biógrafo muestra a un hombre solitario, reservado, cordial, benevolente, paternal con sus discípulos, interesado por pequeñas cosas, capaz de anotar lo que comía («Una de las notas nos informa que comió anguilas y pan a la pimienta uno de los días en los que trabajó en La Gioconda»), pero también consciente de su talento. Un hombre que aparece a veces turbado, con fantasías de enorme violencia sexual que luego reprimirá y sublimará. Un hombre enormemente interesado por todos los ámbitos del saber pero indiferente, frío, con las personas que lo rodeaban.

«A pesar de ser famoso en su época
-finaliza Nicholl-, no se lo valoraba por lo que nosotros lo valoramos, por sus diferentes habilidades. En su tiempo se lo apreció más por su pintura, un arte que era la máxima expresión del espíritu de la época. Leonardo Da Vinci murió con la sensación de no haber logrado lo que quería. De haber vivido hoy, Leonardo sería un científico informático».

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