Ariane Ascaride (esposa y actriz infaltable en toda la obra de Guédiguian) y Gérard Meylan en una escena del film más amargo e impiadoso del director de «Marius y Jeannette».
«La ciudad está tranquila» (La ville est tranquille, Francia, 2000). Dir. y guión: R. Guédiguian. Int.: A. Ascaride, J.P. Darrousin, G. Maylan, A. Oguo.
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Una morosa panorámica recorre Marsella acompañada por una bella música. Luego, la cámara baja y recorre unos pies, unas piernas, una espalda, hasta revelar que la música la está tocando un niño de frac en medio de un parque; una cajita en el suelo para las monedas de los circunstantes. La ciudad no sólo luce tranquila sino que destila poesía. La misma que teñía toda «Marius y Jeannette» y buena parte de «¡Al ataque!», dos films de Robert Guédiguian estrenados en la Argentina casi tan tardíamente como éste, que ya tiene cuatro años. Todos filmados en la Marsella que Guédiguian ama como Woody Allen a Manhattan, y viene retratando desde todos los ángulos, metiéndose en todos sus resquicios.
Lejos de la comedia con apuntes sociales de esas obras anteriores, en «La ciudad está tranquila» se propuso demostrar, sin el más mínimo rasgo de humor, que bajo las apacibles primeras imágenes suceden cosas que no son bonitas, ni tranquilas, ni poéticas. De un modo que recuerda, sólo por formato, a algunas películas de Robert Altman, Guédiguian cruza un puñado de vidas francamente miserables. Interpretados por sus buenos actores de siempre -con su esposa, Ariana Ascaride, a la cabeza-, aquí padecen una obrera con una hija adicta que la hizo abuela por casualidad, un ex estibador que se hace taxista traicionando a sus compañeros (y la ideología de su padre, que como el del director, también fue portuario), una dama burguesa insatisfecha que se enreda con un ex delincuente negro, entre otros desesperados.
Por sus temas y la clase social en la que se centra, esta película más bien remite al Mike Leigh de «A todo o nada», estrenada el jueves pasado; claro que lo de Guediguian es mucho más político (léase, proclive a ser desde melodramático a maniqueo cuando se cuadra), e infinitamente menos piadoso con los personajes y con el espectador. Construida a base de escenas en las que los protagonistas descienden peldaño a peldaño en su infierno personal hasta terminar en un rosario de tra gedias, «La ciudad...» habla del desempleo, la drogadicción, el racismo, la xenofobia, la corrupción y el oportunismo políticos y sigue la lista. Con lo que el film sale del «Estaque» marsellés, para denunciar lo peor de la globalización. Parece mucho para una sola película, y probablemente lo sea, pero hay que convenir con Guédiguian en que la vida puede ser tan, o más, excesiva. De eso se alimenta este tipo de cine militante.
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