11 de septiembre 2002 - 00:00
"La gente ya se cansó de los predicadores"
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Manel Barceló
Periodista: «La tigresa...» forma parte de su repertorio desde hace veinte años ¿A qué obedece esta permanencia?
Manel Barceló: Nunca pude abandonar este espectáculo porque, además de que me divierte y gusta mucho al público, he notado -día a día y función tras función- que conserva una vigencia enorme. Cuando la estrené en la Argentina en 1990, hacía poco que se había declarado la Ley de punto final y la gente pensaba que yo había reescrito el texto para acomodarlo a ese tema. Luego, unos años más tarde, en Cuba, encontré la misma reacción por parte del público. O sea que se trata de un espectáculo que da palo tanto para un lado como para otro. Su postura va más allá de lo ideológico. Y en cuanto a su vigencia se podría decir que es casi una desgracia, porque hay cosas que deberíamos haber superado y, sin embargo, ahí están. Pero, por lo menos, nos queda la opción de reirnos de ellas.
P.: En «La tigresa y otras historias» Fo ridiculiza la revolución maoísta y se burla de las posturas dogmáticas, pero, algo habitual en él, se ensaña con la Iglesia. ¿Cómo recibe el público estas críticas?
M.B.: Cuando estrené la obra en España, en 1983, recién habíamos pasado la transición y tocar ciertos temas aún estaba un poco fuera de lugar. Fo es muy irreverente. ¿Usted me pregunta si algún espectador llegó a irse de la sala? Sí, en algunas ocasiones. La peor fue en un pueblo de Aragón, llamado Mora de Rubielos, al que después de la batahola que se armó lo rebauticé como «Mora de revuelos».
P.: No es de extrañar teniendo en cuenta la vertiente anticlerical de Fo.
M.B.: Fo se mete contra el gregarismo, eso que hace que la gente se fíe demasiado de los poderes políticos y no proponga soluciones por ella misma. Eso es lo que hace tan vigente a la obra. Yo creo que la paradoja de Fo es que su mensaje no es ateo, en todo caso es anticlerical. En el fondo, el protagonista de «El primer milagro del niño Jesús», otra de las historias, es un encanto de niño, pese a sus incorrecciones. Curiosamente, una de las críticas más favorables que me hicieron fue escrita por un cura del sector más conservador de la Iglesia catalana, quien celebró que la obra planteara una Iglesia menos ligada al poder. Yo me quedé de piedra cuando leí eso.
P.: ¿Cuál es la función del humor?
M.B.: Es la forma más inteligente de comunicarse sin mensajes dogmáticos ni paternalistas, porque el público ya está harto de predicadores. Ese tipo de teatro requiere de un gran complicidad con el espectador. Sin ponerte en un nivel superior, riendose de los problemas con el público, como un ser normal y corriente que simplemente tiene un oficio que le permite revivir estas historias.
M.B.: La obra parte del antisemitismo y de ese encuentro brutal que sufrió la comunidad judía en relación al resto de Europa, pero en realidad es una reflexión con respecto a cualquier tipo de marginación, sea por raza, religión, ideología u orientación sexual. Lo interesante es que Garreth pone como anfitrión de esta fiesta ya no a Shylock sino a Túbal, un actor que aparece en una sola escena, dice ocho frases y desaparece como personaje. Este hombre, doblemente marginado, por judío y por actor, ni siquiera tiene la ventaja de ser un derrotado épico, es alguien al que nadie tiene en cuenta. Sin embargo, es él quien explica lo que ocurrió con el pueblo judío, con ese sentido del humor que caracteriza a las personas que han sufrido, pero que no han dejado de observarlo todo. Por eso este material tiene mucho del famoso humor judío, un pueblo capaz de reirse de sí mismo como la única manera de escapar de la locura.
M.B.: Sí, me hablaron maravillas de él, pero no lo vi. Nuestros espectáculos coincidieron en el Festival Internacional de Teatro de Almada (Portugal) y bueno, el resultado fue como en los partidos de futbol, el premio me lo llevé yo.




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