¿Que habría ocurrido, en los años '60, si a los participantes de Odol Pregunta los hubieran encerrado en una casa y televisado su claustrofobia durante 24 horas, por cuatro canales simultáneos? La escena es difícilmente imaginable: Goar Mestre habría expulsado en el acto a quien le llevara una idea tan descabellada como ésa (¿qué puede interesar, fuera del instante de las preguntas y respuestas, lo que haga en su cotidianidad un grupo de ciudadanos anónimos?). Ni siquiera a la perversidad intelectual le hubiera resultado atractivo: los '60 tenían otras miras y otros placeres culpables.
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Hoy, algunos herederos de esa misma intelligenza que fruncía la nariz si le hablaban de las piruetas de Nicolás Mancera dentro de una caja fuerte, en el fondo del río (y ni que decir de los «repechajes» de Orlando Marconi en el viejo «Canal 9»), pasan muchas horas, y hasta se exponen en TV, debatiendo las particularidades semiológicas de los «reality shows».
Suponiendo que los datos del rating sean veraces, habrá que admitir que hoy a mucha gente le interesa plantarse frente a la TV para ver cómo alguien corta una berenjena o cómo se calienta un café. Es cierto: el mismo Cortázar publicó, también en los '60, y con fotos, su ensayo «Instrucciones para subir una escalera», donde detallaba con minuciosidad el orden en que una persona debía desafiar los peldaños. De donde podría concluirse que ahora la realidad no imita al arte, sino que el reality show imita la irrealidad de un arte que se divertía con el absurdo.
Se argumenta muchas veces que en el espectador de los «reality» predomina otra ilusión, voyeurista, a la que haría referencia ese ojo del «Big Brother» que todo lo ve -cita bastante humilde de una de las novelas fundamentales del siglo XX, la del espía británico sospechoso de ser agente doble George Orwell, que improbablemente habrá pensado, alguna vez, que su invención iba a ser aplicada a la contemplación de un franeleo o un enjabonamiento en la ducha.
En ese espectador, que pagando un poco más puede disponer de la plena seguridad de los canales Venus o Playboy, sin la tediosa intermediación de infinitos lavados de platos o argumentaciones psicodramáticas, entre sollozos, sobre filosofía de la competencia o lo mucho que se odian o aman entre ellos (con ese lenguaje adormecedor y monopolizado por las expresiones «chabón» y «chabona»), subsiste otra ilusión más: la de que puede llegar a ver algo auténtico, ese filón que no descuida tampoco la industria XXX: el video «amateur». O sea, la inocencia, imprescindible en cualquier género de ficción, de aceptar que el «reality show» es real de verdad.
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