20 de diciembre 2001 - 00:00
"La maman et la putain"
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Escena del film
«La maman et la putain» molestaba desde su título, que alude irónicamente (aunque nunca se haga referencia directa) a esas dos visiones clásicas de la mujer en la mirada del hombre: la santa y la pecadora. Se cuenta que, en París, algunos locutores de televisión, cuando debían mencionarla en los noticieros, preferían decir «La mamá y la prostituta», y que varios cines se negaron a pegar el afiche en sus puertas (quizás algo de ese prurito perdure aún en la decisión local de estrenarla con su título en francés).
En los primeros encuentros con Veronika ( Françoise Lebrun), Alexandre se define a sí mismo como alguien «de esa clase de heréticos de los que habla Borges, y cuya calidad esencial es el aburrimiento». En los ojos de Veron ika, enfermera sexualmente «liberada» pese a su apariencia de la Mimí de «La Bohème», ya se dibuja una cama: no hay hombre que cite a Borges, a Murnau, a los Rolling Stones, a la Revolución Cultural, a Zarah Leander y a Mozart y que no esté pensando en acostarse con ella.
Estrategia
Sin embargo Alexandre, envuelto en sus propias tesis y sus discursos de seducción, sostiene que su estrategia es menos una coartada erótica que filosófica: conquistar a Veronika, se engaña, sólo tiene como objeto distanciarse de Marie, la mujer con la que convive desde hace tiempo ( Bernadette Lafont, otro estandarte nuevaolista, hermosamente fotografiada), y con quien lleva adelante la utopía de la amistad con sexo y sin una sombra de celos recíprocos, y a la vez olvidar a Gilberte ( Isabelle Weingarten), quien tras sostener con él una tormentosa relación al calor de la Sorbona y los gases lacrimógenos ha decidido buscar la felicidad en una buena boda burguesa. Don Juan era menos vueltero y le iba mejor.
En realidad, el protagonista de este film es como Marcello Mastroianni en la «Ciudad de las Mujeres, con escenarios más limitados (siempre, la mesa de un bar, preferentemente el De Flore o el Deux Magots, con Sartre emborrachándose a sus espaldas; eventualmente La Coupole y el bistró de alguna «gare») y un entorno que sólo tiene de irreal la desdicha cultural de un huérfano del mayo del 68. A la distancia, hoy no son más fantasmáticos los escenarios surrealistas de Fellini que el desencanto de los ociosos intelectuales de Eustache, adolescentes tardíos que juegan a la libertad sexual a costa de una «herida narcisista» tras otra.
La inocencia de cada época se mide por sus propios niveles de escándalo: «La maman et la putain», en su momento, generó un limitado revuelo no sólo por su vocabulario sexual y sus pudorosas imágenes de «menage à trois», más psicodramáticas que explícitas, sino sobre todo por la «escena del Tampax», adminículo que pese a su cotidianeidad era insólito convocarlo en una pantalla de cine con ese protagonismo.
En ese sentido (y para citar a uno de los citados) ver hoy esta película recuerda lo suficiente al Pierre Menard de Borges, que escribía el Quijote 300 años más tarde: algunas de sus audacias son hoy elementos indiferenciados, pero muchas de sus situaciones corrientes empiezan a convertirse en auténticas osadías anacrónicas. Por caso, escuchar canciones de amor de Edith Piaf en discos de vinilo o, simplemente, leer y discutir libros con esa pasión.


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