20 de diciembre 2001 - 00:00

"La maman et la putain"

Escena del film
Escena del film
«La maman et la putain» (id., Francia, 1973; habl. en francés). Dir.: Jean Eustache. Int.: J. P. Léaud, B. Lafont, F. Lebrun, I. Weingarten y otros.

E n la primera mitad de los años 70, tres películas europeas se convirtieron en atracciones mediáticas por su franqueza sexual y su lenguaje directo. Dos de ellas ganaron rápida fama y se estrenaron (o la prohibición las hizo desear más) en el mercado internacional: «Ultimo tango en París», de Bernardo Bertolucci, y «La gran comilona» de Marco Ferreri. La tercera, la más oculta y más limitada al medio francés, fue «La maman et la putain» del director Jean Eustache, un cineasta solitario que orilló siempre la «Nouvelle Vague» y que, deprimido, terminó suicidándose en 1981. Su sorprendente estreno en Buenos Aires, 28 años más tarde, es casi una invitación a otro planeta.

«La maman et la putain»
molestaba desde su título, que alude irónicamente (aunque nunca se haga referencia directa) a esas dos visiones clásicas de la mujer en la mirada del hombre: la santa y la pecadora. Se cuenta que, en París, algunos locutores de televisión, cuando debían mencionarla en los noticieros, preferían decir «La mamá y la prostituta», y que varios cines se negaron a pegar el afiche en sus puertas (quizás algo de ese prurito perdure aún en la decisión local de estrenarla con su título en francés).

El film de Eustache, rodado en blanco y negro en 16 mm. ampliados a 35, y con una duración de 3 horas 40 minutos, tuvo tantos detractores como panegiristas y terminó siendo votado, en algún momento, como el más importante de Francia de aquella década. Ver hoy ese micromundo de intelectuales parisienses debatirse entre la «náusea», la liberación sexual y la puerilidad afectiva, mientras tratan de «ganar mujeres» hablándoles de Offenbach, de Murnau, de Sacha Guitry o de Michel Simon, produce una sensación mucho más paleontológica que los tiranosaurios de Spielberg en Dolby Digital.

Sobrevivientes

Habrá, es cierto, una buena parte del público para la que «La maman et la putain» resulte una experiencia indiferente y pesada. Pero, siguiendo con las comparaciones jurásicas, para los muchos sobrevivientes del Lorraine o el Arte, o para quienes quieran asomarse sin mediaciones ni «reconstrucción de época» alguna al corazón de una cultura y un mundo extintos, el film de Eustache les reserva un placer incomparable, y hasta sentirán que su duración es breve.

La película está protagonizada por Alexandre, en el cuerpo del actor arquetípico de esa cultura y para quien fue escrito el guión, Jean Pierre Léaud (el Antoine Doinel de Truffaut). De profesión intelectual de café, foulard anudado sobre camisa abierta, pantalones oxford, anteojos negros, whisky JB, un Gauloise tras otro y entre ellos una patológica profusión de citas y un incesante discurrir sobre sus representaciones de la existencia.

En los primeros encuentros con
Veronika ( Françoise Lebrun), Alexandre se define a sí mismo como alguien «de esa clase de heréticos de los que habla Borges, y cuya calidad esencial es el aburrimiento». En los ojos de Veron ika, enfermera sexualmente «liberada» pese a su apariencia de la Mimí de «La Bohème», ya se dibuja una cama: no hay hombre que cite a Borges, a Murnau, a los Rolling Stones, a la Revolución Cultural, a Zarah Leander y a Mozart y que no esté pensando en acostarse con ella.

Estrategia

Sin embargo Alexandre, envuelto en sus propias tesis y sus discursos de seducción, sostiene que su estrategia es menos una coartada erótica que filosófica: conquistar a Veronika, se engaña, sólo tiene como objeto distanciarse de Marie, la mujer con la que convive desde hace tiempo ( Bernadette Lafont, otro estandarte nuevaolista, hermosamente fotografiada), y con quien lleva adelante la utopía de la amistad con sexo y sin una sombra de celos recíprocos, y a la vez olvidar a Gilberte ( Isabelle Weingarten), quien tras sostener con él una tormentosa relación al calor de la Sorbona y los gases lacrimógenos ha decidido buscar la felicidad en una buena boda burguesa. Don Juan era menos vueltero y le iba mejor.

En realidad, el protagonista de este film es como
Marcello Mastroianni en la «Ciudad de las Mujeres, con escenarios más limitados (siempre, la mesa de un bar, preferentemente el De Flore o el Deux Magots, con Sartre emborrachándose a sus espaldas; eventualmente La Coupole y el bistró de alguna «gare») y un entorno que sólo tiene de irreal la desdicha cultural de un huérfano del mayo del 68. A la distancia, hoy no son más fantasmáticos los escenarios surrealistas de Fellini que el desencanto de los ociosos intelectuales de Eustache, adolescentes tardíos que juegan a la libertad sexual a costa de una «herida narcisista» tras otra.

La inocencia de cada época se mide por sus propios niveles de escándalo:
«La maman et la putain», en su momento, generó un limitado revuelo no sólo por su vocabulario sexual y sus pudorosas imágenes de «menage à trois», más psicodramáticas que explícitas, sino sobre todo por la «escena del Tampax», adminículo que pese a su cotidianeidad era insólito convocarlo en una pantalla de cine con ese protagonismo.

En ese sentido (y para citar a uno de los citados) ver hoy esta película recuerda lo suficiente al
Pierre Menard de Borges, que escribía el Quijote 300 años más tarde: algunas de sus audacias son hoy elementos indiferenciados, pero muchas de sus situaciones corrientes empiezan a convertirse en auténticas osadías anacrónicas. Por caso, escuchar canciones de amor de Edith Piaf en discos de vinilo o, simplemente, leer y discutir libros con esa pasión.

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