Ya desde su primer single exitoso, «O superman» de 1981, Laurie Anderson marcó una diferencia respecto de otras cantantes y compositoras de ese abarcador género que podríamos llamar rock. La electrónica, las búsquedas sonoras, los sonidos producidos con recursos no convencionales, estuvieron siempre en sus proyectos. La «performance» fue siempre para ella mucho más atractiva que el concierto tradicional. A pesar de todo eso, la canción fue el eje sobre el que sostuvo todo su trabajo. Artista madura ya desde el arranque, se preocupó permanentemente por armar grupos musicales profesionales, por cantar prolijamente sus propias creaciones, por utilizar «la melodía» como sostén para sus textos, siempre también en una línea más elaborada que el común de los del ámbito del pop-rock. Con «The end of the moon», en cambio, Laurie casi dejó la música para otra oportunidad. En este unipersonal hizo pie en lo teatral y dejó para su violín midi sólo algunos pedales sampleados en escena. La resultante de ese trabajo sonoro es una música lisérgica, que circula entre la modalidad y la tonalidad; y que ocasionalmente -por efecto de las superposiciones electrónicas- puede rondar el atonalismo. Pero, en todo caso, está claro que tuvo más interés en utilizar lo musical como un respaldo para sus relatos leídos que como un camino en sí mismo. De hecho, para pesar de sus viejos fans, en este espectáculo no se la escucha cantar ni hay melodías que den marco a ninguna canción. Ricardo Salton
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