12 de mayo 2005 - 00:00

"La vida es un milagro"

En «La vida esun milagro», elbosnio EmirKusturica vuelvea la tragedia desu pueblo de unmodo mássencillo que en«Underground»,con unatragicomediairregular, peroemotiva ysincera.
En «La vida es un milagro», el bosnio Emir Kusturica vuelve a la tragedia de su pueblo de un modo más sencillo que en «Underground», con una tragicomedia irregular, pero emotiva y sincera.
«La vida es un milagro» (Zivot je cudo/La vie est un miracle, Bosnia-Francia, habl. en bosnio, serbio, e inglés).Guión y dir.: E. Kusturica. Int.: S. Stimac,N. Solak, V. Trivalic, V. Kostic, A. Bercek,T. Kusturica, N. Kojo, M. Karanovic.

Con ese típico desborde vital que lo caracteriza, y que caracteriza a sus personajes y su pueblo, Emir Kusturica presenta al mundo su locura de recordar lo que otros niegan: que alguna vez todos los habitantes de aquellas tierras se llamaban yugoslavos, y no se llevaban tan mal. Y no creían, salvo algunos comerciantes de armas y consignas, que iba a haber una guerra, y mucho menos una tan tremenda como la que tuvieron, justo a fin de siglo.

En «Underground», de forma simbólica, él ya había descripto la falsedad de los amigos, y la nueva balcanización necesaria para ser aceptados como nuevos pobres en la nueva Europa. Toda esa modernidad que los atrasa. Aquí, de modo más sencillo, ilustra el asunto con una historia tragicómica que pudo pasar en ésa, o en cualquier otra guerra. Un ingeniero ferroviario cree en la convivencia y el progreso, y sufre las desventuras de tener una esposa descocada, un hijo que quiso ser futbolista y cayó prisionero de guerra, y (algo bueno se le tenía que dar) una rubia pulposa y muy querible, que él aprisiona entre sus brazos. Pero que en algún momento deberá cambiar por el hijo.

Ese es el cuento, que se desarrolla entre risas y angustias, y multitud de animales sueltos (de los domésticos o de corral, que no hacen daño, y de los otros, que andan armados), entre momentos de locura familiar, o grupal (esas interminables fiestas de borracheras y sangre), caídas en el pintoresquismo o el simbolismo forzado, sentidos ascensos a la más callada intensidad (cuando el padre llega a casa y encuentra al hijo dormido, se duerme, y al despertar el hijo ya se está yendo, y quizás nunca más lo vea), y caricaturas feroces (los empresarios patriotas, de farra corrida, etcétera).

El problema es que es un cuento irregular, que parece ir a los tumbos. Es emotivo, viaja con fuerza y sinceridad al corazón, pero no a todos les llega. Para algunos se hará un poco largo, reiterativo. Y habrá también quien compare el modo en que Kusturica describe una vieja fiesta oficial, con la fiesta fascista de «Amarcord», y piense por qué al maestro Fellini Federico esas cosas le salían tan bien, mejor que a nadie. Se puede pensar largamente en el secreto del maestro, que su alumno no logra resolver. Pero quizá más importante sea pensar en otras cosas que acá se muestran, y en algunas que se dicen.

Por ejemplo, que «la velocidad y los sentimientos son parte de una misma ecuación», que hoy «la bala es más lenta que un mensaje satelital», que «después de Hiroshima no hay más teoría». O, como recordó un espectador a la salida, que «la guerra es el negocio de dos que se conocen, para que dos que no se conocen, se maten». O pensar, simplemente, en la frase del título. Sólo el que ha sufrido, sabe lo que significa.

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