Las dudas de Hamlet ahora son argentinas

Espectáculos

"Hamlet de William Shakespeare" es el título de la nueva obra de Luis Cano que se estrena el próximo sábado en el Teatro Sarmiento, con dirección de Emilio García Wehbi, y que interpretan Guillermo Angelelli, Osmar Nuñez, Marta Lubos, Ricardo Díaz Mourelle, Norberto Laino y Maricel Alvarez. En diálogo con este diario, el autor de «Los murmullos» y «El topo» dijo que se propuso contar una historia distinta, pero sin alejarse de Shakespeare.

«No quiero que ésta obra sea sólo para entendidos»,
aclara. Más allá de que logre el objetivo o no, su versión de «Hamlet» incluye tantas alusiones a la historia de nuestro país y a la del teatro argentino (con su peculiar manera de entender a Shakespeare), que seguramente provocará varias interpretaciones y polémicas. Cano incorporó en su «Hamlet» citas propias y de otras obras de Shakespeare, además de diversos referentes culturales y literarios. Sus chistes e ironías son muchas. Entre otras cosas, se da el gusto de admitir que su «Hamlet» nunca tendrá el prestigio del que interpretó Alfredo Alcón en el Teatro San Martín.

Periodista:
Igual que Al Pacino en «Buscando a Ricardo III», usted también parece preguntarse cuál es la manera más eficaz de llevar Shakespeare a escena.

Luis Cano: Yo sentí una responsabilidad parecida a la de Pacino, pero creo que su intento de hacer accesible «Ricardo III» estaba más relacionado con la idea de masividad. Su análisis es muy esquemático y, a pesar de que en la película habla con un montón de actores y especialistas, no termina de definir nada. Lo que más se nota es que no pueden con Shakespeare. En mi caso, al meterme con este texto, sentí la responsabilidad de que la historia se contara. Siempre quise hacer «Hamlet». Hace como diez años que vengo dándole vueltas al tema. El problema era cómo hacer Hamlet hoy y la verdad es que no le puedo decir adónde fuimos a parar con Emilio García Wehbi, hicimos lo que pudimos.


P.:
Su texto respeta bastante la obra original, pero también se toma muchísimas libertades, sobre todo cuando ataca a distintos sectores del mundo teatral porteño.

L.C.: Seguí el modelo de Shakespeare en todo lo que pude, pero decidí incluir esas alusiones porque me interesa polemizar e incluso cuestionar lo que yo hago. Al principo pensé en trabajar la obra como si fuese una falsificación, ya que al no figurar mi nombre, cuando el espectador viera que ése no es el Hamlet que conocía iba a dudar más de todo. Pero después decidí ponerle este otro título, aunque sé que con esto nos ponemos en la picota. Mire lo que pasó con «Romeo y Julieta», en la versión de Kartun hecha por Alicia Zanca... resultóun mamarracho, pero nadie cuestionó si así se hacía Shakespeare o no.


P.:¿Y
por qué nadie dijo nada?

L.C.: Porque es un éxito y el éxito está al tope de la escala de valores. El éxito justifica los medios. Nadie dice: «eso no es Romeo y Julieta», pero cuando alguien se mete con Shakespeare de verdad siempre aparece alguna crítica reaccionaria que cuestiona el meterse con ese monumento. Desde mi lugar de escritor tengo que soportar que el verdadero fantasma no es el padre de Hamlet sino Shakespeare, que siempre lo hizo mejor y que construyó todo un mundo, no simplemente una obra de teatro.


P.:
En su pieza usted alude muy sutilmente a la guerra de Malvinas.

L.C.: Sí. Cuando pensé en el padre postizo de Hamlet que lo envía a Inglaterra para que lo maten los ingleses, enseguida me sonó a Malvinas y a los padres de nuestra sociedad, y su presidente, que mandaron a sus hijos a que los ingleses los mataran. El tema está introducido como por debajo de la alfombra, que es como hoy está tratado en nuestra sociedad. Los veteranos de Malvinas siguen siendo nuestros fantasmas.


P.:
En síntesis ¿su «Hamlet» es para todo público o no?

L.C.: Nosotros esperamos que sí, la puesta ayuda a que la obra se comprenda mejor. Pero ocurre que hoy tenemos un espectador de teatro que fue mediocrizado durante muchos años y que si no vio la película de Mel Gibson probablemente no haya oído hablar nunca de Hamlet.

P.: Hamlet es tan famoso como la Gioconda, aun para los que nunca vieron la obra.

L.C.: Es cierto, todos saben que es un muchachito con medias de malla y una calavera en la mano. Pero insisto, yo no quiero que esto sea un teatro para entendidos, por eso me hice cargo de contar la historia.


P.:
También aprovechó para criticar las ambiciones comerciales de algunos teatristas «progres» y su coqueteo con los lugares de poder, por no hablar de las barbaridades que dice sobre algunos críticos e investigadores teatrales.

L.C.: ¡Hay tantas cuestiones para discutir! Entre ellas el lugar del actor. Todavía se sigue pensando que el actor es sinónimo de teatro, que él en sí mismo es la obra, cuando en realidad es la articulación de diversos lenguajes sonoros, visuales, literarios... y ahora, encima, estamos contaminados con modelos televisivos. Si hasta en la misma programación del Complejo Teatral de Buenos Aires no hay otra cosa más que figuras de la pantalla. Los llamados primeros papeles están cubiertos por figuras televisivas.


P.:
El «Hamlet» original duraba cerca de seis horas. ¿Cuánto dura esta versión?

L.C.: Unas tres horas con intervalo. Es una obra con muchas sorpresas.


Entrevista de Patricia Espinosa

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